Aún a riesgo de no parecer "cool" (cosa que, por otra parte, siempre me ha tirado muchísimo de los cojones) reconozco que escucho a Tino Casal y me vengo arriba, desde chinorris. Es más, con esa sinestesia y ese desorden de sentidos que provocan a veces determinados recuerdos, es escuchar alguna canción suya y venirme nítidamente a la memoria el olor a ginebra Larios que hace treinta años parecía impregnar toda la discoteca Coliseo (el olfato es el sentido más inmediato a la memoria, y esto, además, es un camino de doble sentido: un olor te trae un recuerdo y un recuerdo te trae un olor), mezclada con el ambientador ese tan característico que usaban y que te asaltaba nada más entrar, sobre todo si lo hacías a primera hora de la sesión que fuese (aunque cuando entrabas, por la razón que fuese, siempre sonaba Rick Astley, o al menos yo así lo recuerdo), y ya, a mayores, el aroma a Aladda, Farala, Moana y todas esas colonias con nombres de hijas de familia bien que gastaban las wómenes de entonces (y, por añadidura, el puto olor -y sabor- a whisky Doble V, que era el que incluía sin recargo la entrada+consumición, ay.)
"Te va la luna más que a mí." Coño, con una frase de ese decadentismo canalla a mí, la canción que la incluya, ya me tiene ganado. Por cojones.
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