Hace bastante más calor que muchos otros días de este verano, la piscina ya la han cerrado por final de temporada y en ese aspecto toca joderse, y a mi barrio no sé si le habrán declarado ya sucursal del Serengueti o si todavía hay que esperar un poquito hasta sobrepasar los sesenta grados Celsius, porqué telita lo largo que se me hace hasta que quiero llegar a casa, así que me meto en un bar que me pilla de camino a tomar un café con hielo. Pido, me despachan, mientras remuevo el azucarillo y espero la vuelta veo en la barra un suplemento dominical que incluye un artículo que me interesa, de modo que me apaño la revista, el café y las gafas de sol que había dejado sobre la barra porque no quiero que me las apadrinen y me voy a buscar una mesa lo más lejos posible del aire acondicionado, que luego me constipo. Llevo cosa de quince minutos enfrascado en el semanario y sin nada que me distraiga cuando escucho como, en una mesa cercana, una pareja de ancianos discuten porque ella le ha sorprendido a él admirando el muslamen de la camarera.
- ¡¿Qué estás mirando con tanto interés, Marcial, si se puede saber?!
- El muslamen de la camarera.
- ¡Sátiro!
- ¡Antierótica!
- ¡Mamarracho!
- ¡Uterínica!
- ¡Faloinócuo!
- ¡Insustanciosa!
- ¡Manubriante!
- ¡Felatómana!
¿A que no suena creíble? ¿A que parece que son invenciones mías? ¿A que sí? Nos ha jodido, pues claro que es mentira, coño. Tampoco hay que ser muy hábil para darse cuenta de qué a ver como narices consigue concentrarse uno ni medio minuto en la lectura con el puto telecinco puesto a todo trapo.
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