Pillando un padre a su hijo
palpándose la zanahoria
díjole - ¡Suéltate el pijo
y escucha esta triste historia!
“Ocurrió en esta campiña
este cruel hecho dantesco;
es la historia de una niña
y un berraco gigantesco.
La niña, de edad temprana,
había salido a lavar
como siempre, de mañana,
al río de este lugar.
Agobiada de calores
y puesto allí nadie había
olvidando sus pudores
metióse en el agua fría.
¡Tremendo culo gastaba!
¡Tremendas las demás partes,
que ella se refrescaba
con muy sazonadas artes!
Mas pasó que los azares,
volubles como veletas,
pusieron por esos lares
a un tonto buscando setas.
Quedó el setero intrigado
al oír el chapoteo
e imaginando, al malvado,
despertósele el deseo.
Pensaba en las lavanderas
que otras veces allí estaban
en esas u otras riberas
y las sus piernas mostraban.
Mas no podía suponer
que tras de aquellos olivos
hallar iba a una mujer
bañándose en cueros vivos.
Por eso en cuanto la vio,
en ese momento exacto,
nuestro setero cedió
al peso de su artefacto.
Observar a ese bombón
en el agua, como pez,
provoco más turbación
al elemento soez.
Levantóse con cautela
el pedazo tonto el haba
y oteó a la muchachuela
mientras se la meneaba.
Al ver aquel su potorro
que la bella enjabonaba,
el otro, como un ceporro
pelándosela jadeaba.
“Mas, ¡No he de ser yo tan lelo!
-recriminábase el mono-
teniendo una niña a pelo…
¡A Onán yo no me abandono!"
En éstas que la chiquilla
por un segundo fugaz
al mirar hacia la orilla
vio al verriondo contumaz.
Azaróse intensamente
la doncella por instantes
al no cubrir hábilmente
las sus partes vergonzantes.
Al percibir el rubor
de la mozuela confusa
el perverso, con candor,
la acercó la suya blusa.
Cubrióse estando a remojo
la nena aquel su regazo
del que no quitaba el ojo
el tremendo berracazo.
Empezaba éste a bramar
y pensó al tiempo - ”¡Pardiez!
¡De algún modo he de aliviar
esta horrenda cachondez!”-
Mas siendo él como él era
un pajillero confeso
al no acabarse la pera
su cerebro estaba espeso.
Y no acertando a abordar
a la manceba flamante
opto por improvisar
y díjola el muy bergante:
-”¡Niña mía! ¡Vos has sido
en este dulce momento
el arma con que Cupido
conviérteme en su instrumento!”-
Abriole su corazón
como Romeo a Julieta
mas la su oculta intención
fue arrimar la cebolleta.
Y acerco tanto la dicha
contra la moza, el tunante,
que al notar ella la picha
marchó de allí en un instante.
Y aun siendo este hombre el primero
que a la muchacha acechara
viósele mucho el plumero
como para que tragara.
Pues por estos incidentes
quedó como los idiotas
con la polla hasta los dientes
y el agua hasta las pelotas.
Herido a mas no poder
por tan molesto percance
pensó al instante en joder
lo que tuviera a su alcance.
Sucedió que un puercoespín
que por allí paseaba
dióle la espalda al bacín
sin saber lo que tramaba.
Al oír al roedor
levantóse pendenciero
y de un golpe traidor
cególe el ojo trasero.
Mas por ser tan abobado
amén de otras más razones
las mil púas del violado
claváronse en sus cojones.
¡La impresión fue criminal!
¡El escozor, tremebundo!
Una sensación igual
no debe haber en el mundo.
Profirió horribles relinchos
en estado muy febril
mientras sacaban los pinchos
que, como digo, eran mil.
El desenlace infernal
planteó un interrogante:
¿Quién era más animal,
el de atrás o el de delante?
Esa infame jugarreta
dejóle graves secuelas:
Ver ya no puede una teta
sin dolerle hasta las muelas.”
Y es la historia verdadera
de un berraco impenitente
si saber quieres quien era…
lo tienes sentado enfrente.

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