lunes, 17 de septiembre de 2018
Aquellos tiempos
Últimamente, a medida que voy para mayor, con más frecuencia me da por recordar, por ejemplo, de cuando era un chavalín de catorce o quince años, a mediados de los ochenta, y cogíamos el tren la panda de amigos para irnos a Pucela a pillar discos a Galerías Preciados o a Simago, que era lo que había allí para ello antes de que se abriese el Corte Inglés, y, una vez ya en la sección de música, me quedaba embobado observando las carpetas de unos vinilos que casi abultaban más que yo, y teniéndolos en mis manos como que me hacían sentir más mayor, más importante o más no sé, y, precisamente por esa sensación, anhelaba con más fuerza que nunca que llegase ese día, el de hacerme adulto de una puñetera vez, para que llegasen los buenos tiempos, con independencia económica al fin, mayor libertad de movimientos, mayores posibilidades de follar -o simplemente posibilidades de follar-, ir a cien mil conciertos, emborracharme como si no hubiese un mañana cuando y como quisiese y todas esas cosas que se deseaban de aquellas, y claro, uno echa ahora la vista atrás después de treinta y tantos años y se dice "Pero Felisín, gilipollas, ¿no te das cuenta de que los buenos tiempos fueron precisamente aquellos?"
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