sábado, 28 de noviembre de 2020

Ese caprichoso momento

Ese caprichoso momento en que te tumbas en la cama, te colocas los auriculares, apagas la luz y te dispones a escuchar a Pink Floyd o a King Crimson o a Porcupine Tree o algo así, algo de música lisérgica que te haga evadirte, das al play, cierras los ojos, comienzan a sonar las notas y en un espacio indeterminado de tiempo ya tienes la impresión de estar flotando a un metro sobre ti mismo, te encuentras en un plano sensorial diferente, en un lugar tranquilo, sin preocupaciones ni virus ni debates parlamentarios ni ninguna de esas mierdas, la respiración se ralentiza, la tensión arterial desciende, el espíritu se apacigua, estás a medio camino entre la vigilia y el sueño, más feliz que un regaliz, pero ¡ay!, comienzas a sentir una ligera comezón en un costado, o en la cabeza, o en un huevo,y lo dejas pasar y no te rascas porque sabes que cualquier actividad podría desconcentrarte y romper el delicado trance, pero adviertes que sigue ahí, y que por momentos cobra intensidad; tranqui, nene, piensas muy bajito, con miedo a que el propio volumen de tu pensamiento o simplemente verbalizarlo te saque de ese nivel de conciencia, pero la ligera comezón en el costado (o en la cabeza, o en el huevo) ya se ha convertido en un incordiante picor... ya se pasará, ya se pasará, todo se pasa en esta puñetera vida... Los cojones. Ahora sí que pica. Diriges la mano velozmente al costado (o a la cabeza, o al huevo, a la sazón) para rascarte ya de una puta vez y ver si consigues regresar a ese estado de ensueño plácido-bucólico-pastoril y en el movimiento y con la mala hostia enganchas sin querer el cable de los auriculares y hale, ahí va a tomar pol culo el mp3.
Por ese caprichoso momento he pasado yo hace un momento (y no voy a decir lo que me picaba.)

 




lunes, 9 de noviembre de 2020

09-11-2020

Ocho meses ya desde la última cogorza y siete meses desde que se me pasó la resaca. Quién iba a decirme a mí entonces que iba a echar de menos el despertarme con un pájaro carpintero en la testuz, las arritmias al comprobar como quedó la billetera, las inútiles duchas de agua fría y los calderos de bicarbonato...
Ahora, las circunstancias que todos conocemos han dado lugar a ocho largos meses de monacato; no bebo, no trasnocho, no me empierno, y he sustituido todas esas alegrías por los largos paseos por el campo silbando melodías y contemplando atardeceres y claros de luna... Estoy pensando en cursar solicitud al arzobispado o a quien corresponda para tomar votos monásticos e ingresar en algún convento como cartujo, dominico o ursulino, oye, y por lo menos salir de todo esto con un oficio.

miércoles, 30 de septiembre de 2020

Agarraos

Hablaba un día del significado de los bailes lentos para los adolescentes de mi generación y hoy vuelvo a dar la tabarra con lo mismo, pá que os jodáis.
En Coliseo, la discoteca de entonces en mi pueblo, antes de comenzar los lentos, los agarraos, el restregón o como quisieras llamarle, hablo del 87-88 o por ahí, sonaban yo qué sé, Rick Astley, Dire Straits o quienes fueran, pero de pronto, así como al final de la canción, bajaba significativamente el volumen de ésta, la iluminación se tornaba azul y débil, la sala aparentaba haber caído bajo un pulso electromagnético y esa era la señal: Mozos, firmes y tomando posiciones, ar. Con más fe que esperanza, porque en esos lances aún no estábamos desasnados, nos acercábamos como al descuido a la chavala aquella que nos enamoraba, carraspeábamos, poníamos voz de gilipollas y la pedíamos bailar.

- Vale.

Hala, ya teníamos el cielo abierto, ya estábamos avasallados de expectativas, sentimientos, suspiros y esas cosas, ya pensábamos que lo teníamos todo hecho. Tururú. Comenzaba la función, mis manos en tu cintura, como cantaba Adamo, ay, que me pisas, nos decía ella casi siempre, durante la pieza iba y venía alguna que otra confidencia, así, bien agarraditos, ella con la cabeza recostada suavemente en nuestro hombro, nosotros luchando por disimular un empalme escandaloso y prometiéndonoslas muy felices, se acababa la sesión y -salvo celebradísimas excepciones- se acabó lo que se daba; ella nos sonreía y volvía con su grupo de amigas y nosotros la devolvíamos una sonrisa amarga y volvíamos a la barra a por otro dobleuve y a sangrarle un cigarro a los mayores de edad, donde no faltaba el observador que te cazaba.

- Vas como encogido tú... ¿qué ocultas, granuja?
- Vete a tomar por el culo.

Y con todo y con eso no eran malos tiempos, oye.

lunes, 7 de septiembre de 2020

En el silencio de la noche

Todas las noches, a eso de las doce y pico o la una, después de un par de episodios de la serie que me encuentre viendo (en este momento Homeland) bajo a echar un cigarro a la calle, dando un paseo y esas cosas, así, con el fresquito, lo bonita que está la luna así de llena, qué cantidad de estrellas y todas esas mariconadas, además de que a esas horas por mi barrio no hay ni grillos y se está muy a gusto, puedes pasear y pensar tranquilamente. Pasaba hace un rato bajo el bloque contiguo al mío, ya casi apurando el cigarro, y escucho una voz femenina proveniente de una ventana abierta de la primera planta, o así me lo parece por la cercanía...
- Ah... Ahhh... Ahhhhh...
Me quedo tal que así, ¿no?, como se quedaría cualquiera...
- Ah... Ahhh... Ahhhhh...
Pues sí que me parece a mí que me suena eso, pero tal vez me equivoque, yo qué sé...
- Ah... Ahhh... Ahhhhh...
Joder, pues va a ser que no me equivoco. Ahí están metiendo centímetros, o también pueden ser dos mujeres, o el satisfyer ha llamado a su puerta, vaya usté a saber, pero voy a acelerar un poco porque al paso que va la burra como siga escuchando esto me voy a engorilar y tampoco tengo ganas de que entre luego Chendo por el portal antes que yo, más que nada por si me cruzo con algún vecino que baja la basura y ya ves tú que pinta, pero a pesar de todo no puedo evitar pensar que es bonito, coño, que está el panorama entre unas cosas y otras que da asco y a pesar de todo aún la gente araña un momento si puede entre toda esta mierda para quererse... joder, pues a mí me parece muy bonito, ¿qué no?
- Ah... Ahhh... Ahhhhh... CHISSS!!!
Bah.... puta mierda...

domingo, 28 de junio de 2020

En el baño

Voy al cuarto de baño, me desvisto, entro en la cabina de hidromasaje con intención de darme una de esas duchas de agua fría a las que forzosamente me he habituado desde el confinamiento -cosas mías, ejem...-, regulo un poco la temperatura del agua para no congelarme, desvío la posición a "hidromasaje dorsal" y me siento a recibir uno. Sentado plácidamente me hallo, con esa expresión de estar pecando contra el Sexto que ponemos cuando disfrutamos de un masaje fresquito en la espalda cuando algo pasa ante mis ojos, ¡¿queseso?!, levanto la cabeza y ahí lo tengo, posado en la mampara: un mosquito del tamaño de un faisán. Pues tienes aquí anatomía para dar y regalar, te vas a cebar, hijoputa, le digo. Pillo el telefonillo este de la ducha, cambio el agua ahí y le enchufo, pero el caracabrón se libra y comienza a revolotear frenéticamente por toda la cabina, aproximándose peligrosamente a mí en ocasiones, yo sigo sentado, intentando acertarle con el agua y pensando en la pinta de imbécil que tengo que tener jugando a dartañán en pelotas con un mosquito, ven aquí, que te he de matar y todo eso... como veo que así no consigo nada aparte de hacer el pijo corto el agua y me dispongo a darle el aplauso de toda la vida de Dios y que tan buenos resultados ha dado siempre con estos asquerosos, me levanto rápidamente hacia él con las manos por delante sin pensar antes en donde me encuentro y el hostión que me he arreado en la cabeza con el puto borde del panel del asiento se cuenta y no se cree.
Descalabrado sin salir de casa. Bien. Un nuevo hito en mi carrera.
Y menos mal que al salir de la ducha agarrándome la cabeza no me ha picao en el culo.

domingo, 21 de junio de 2020

El chulo que castiga

Hay gente que, lo quieras o no, te fijas en ella. A mí me pasaba en Benidorm con un jambo que veía por allí, un tío de unos cincuenta y tantos, más chulo que un ocho, con el que coincidía noche sí y noche también en el mismo bar, pero es que era para verle al pollo: más bien bajito, recogidito, vestido a lo Corrupción en Miami como un Don Johnson de provincias, colorido todo él, despechugado, con las Rayban en lo alto de la cabeza engominada a las dos de la mañana y con la misma cara que el gato que se comió al canario. El tipo se echaba él solo unos bailes por allí que a mí me daban ganas de aplaudirle y por donde pasaba dejaba un tufo a colonia de antañazo que pá qué... estoy hasta por asegurar que era el hombre llamado Jacq's, aunque luego se llamaría Jacinto Calandrias o como quiera que se llamase, y cada vez que entraba en el local una guiri -porque a las guiris en la costa se las nota de lejos que son guiris, a ver si no- el tío esgrimía una sonrisa lobuna a la que solo la faltaba el destello en el colmillo. Nunca crucé una palabra con él pero se le veía simpaticón, siempre me saludaba con un gesto al verme e incluso alguna vez chocó su gintonic con mi cerveza -Larios, que me fijé en lo que le echaban- cuando pasaba a mi lado moviendo el esqueleto. Daba la impresión, en apariencia, de que era un playboy y un pichalegre y a mí me caía bien porque me suelen caer bien los chulos y los grandes folladores -y las chulas y las grandes folladoras mejor- y tampoco se metía con nadie, él iba a lo suyo y a los demás que nos diesen.
Una mañana de esas estaba un servidor tomando algo en una terraza al lado del paseo marítimo y una señora que se acercaba llamó mi atención porque llevaba un vestido que me recordaba a unas cortinas que tenía en mi habitación en los años setenta y nunca había vuelto yo a ver esas cortinas, y completaba el conjunto con una pamela enorme y descomunal a la que solo la faltaba una pluma de ganso de esas largas que van barriendo el suelo tras el portador/a; la mujer, alta, fuerte, rubia y con bigote de revisor iba del brazo de un hombre algo más joven y bastante más bajo que ella, vestido de turista al uso, encorvado, pesaroso y con cara de suicida, me fijo un poco más en él según se aproximan y toma ya "¡Coño! ¡Pero si es Chulolópez!" Ahí le tenía de nuevo diez horas después de haberle visto por última vez en el Heartbreak dándolo todo. Pasaron frente a mí, él me vio, no hizo ningún ademán de saludarme ni a mí me importó pero me quedó una sensación extraña, algo así como de haber presenciado la transformación de Jekyll en Hyde, solo que en esta ocasión fue de latinlover a viajante de calcetines o algo así... incluso, cuando ya se alejaban paseo abajo, seguí observándole y ahí ya no quedaba del pollopera ni el donaire ni el trotecillo cochinero con que bailaba ni ná de ná; renqueaba, se detenía ajigolao y arrastraba las sandalias como si le acabase de dar un desprendimiento de testículo o vaya usté a saber.
No le volví a ver por la noche al jodío, y me dio cosilla, oye.

¿Y a ton de qué nos cuentas esto a estas horas, criaturita? me diréis. Pues porque me aburro, joder, porque me aburro.

miércoles, 22 de abril de 2020

Aliens

Siempre me ha resultado muy curioso como el subconsciente toma acontecimientos del día a día, los mezcla con otros conceptos que rondan por ahí y los adapta y transforma en ese potaje que nos da a través del sueño.
Anoche soñé que paseaba por las calles del pueblo junto a tres o cuatro jambos a los que no había visto nunca salvo a un imbécil con el que no me hablo desde hace años (y esa situación me podía haber indicado que aquello no era normal, porque si no de qué andaba yo paseando con ese fato) y uno de ellos resultó ser periodista y nos dijo que íbamos a entrevistarnos con una extraterrestre que llevaba años aquí, de incógnito entre nosotros, estudiándonos, sin despertar sospechas porque tenía aspecto humano. Pos fale. Al momento la encontramos esperándonos frente a una nave industrial que en la calle en la que nos encontrábamos no existe (avda Lope de Vega), con una piel de un color azulado que indicaba que la moza no era de por aquí y una pinta de hortera que pá qué. El periodista nos dice que antes de entrar en contacto con ella debe desinfectar sus manos y el suelo que pisa con un spray antinoséquéhostias y nos advierte de que no conviene hacerla preguntas impertinentes ni llevarla la contraria porque de hacerlo los resultados podrían ser desastrosos; ya se habían dado casos, prosiguió diciéndonos, de gente desaparecida que no había respetado el protocolo y todo comenzaba con una sucesión de fenómenos paranormales que se manifestaban en el momento en que se la soltaba alguna lindeza que no la parecía bien, además se sospechaba que no estaba sola en el planeta y que la acompañaban otro paisano suyo también de aspecto humanoide y otro que no (que no tenía ese aspecto).
Entramos en la nave (una carpintería) y al momento ya estaba haciéndola preguntas el periodista, allí, en tól medio del lugar y sin sentarnos nadie en ningún sitio, ella contestaba a todo en un argot cheli trufado de mira colegas, qué pasa troncos, dabútenes y cosas así, menudo nivelón que se gastan por las galaxias pensaba yo cuando otro de nosotros la preguntó algo (no recuerdo el qué) que no pareció hacerla mucha gracia y noté que ella efectuaba un movimiento casi imperceptible con una ceja seguido de un "click" apenas audible. Busqué con la mirada al preguntón y ya no estaba allí. Se lo comento al imbécil de quien hablaba antes y la pregunta si en su país se folla, porque él aquí poquito. Movimiento de ceja, click, adiós imbécil.
Me voy hacia el final de la nave, hay un grifo en una pared que no se qué pinta allí pero aprovecho para lavarme las manos, en cuanto le abro el agua que cae de él realiza una curva y se dirige hacía arriba, le cierro inmediatamente y el agua que subió vuelve a caer, pero sin límite alguno, no para de caer, levanto la vista y veo que procede de un punto en lo alto en el cual no hay nada, ni grifo ni hostias, nada, hale, ya la hemos cagao me digo, noto como un escalofrío me sube por la espalda hasta el cogote y me dirijo hacia donde estaba el grupo pero allí no hay nadie ya y además ahora está todo muy oscuro, ay su puta madre, grito "¿dónde cojones estáis?" y nadie me contesta, echo a correr hacia la salida y al pasar frente a una mampara que tampoco sé que hace ahí veo mi reflejo como en sombras, y tras de mí otro de alguien con formas humanas... y otro más.
Me giro y ahí le tengo. El que no tiene aspecto humano.

Creo que del grito he despertado a medio bloque.

lunes, 30 de marzo de 2020

30-3-2020

Resumen de la pasada noche del sábado:
La película esa de los dos Papas de Netflix, toda ella llena de cónclaves, concilios, tonsuras y arzobispos... nunca me había alborotado tan poco viendo tanta falda.
Música de cámara durante un par de horas a un volumen tenue, tumbado, con la luz apagada y solo iluminado por la brasa del cigarro para descansar la vista, porque después de dos semanas sin apenas ver exteriores la presbicia me esta avisando de que ya la estoy vacilando y enseñando mucho la chorra y se me va a mosquear.
Frecuentes lavados de manos por un justificado temor a los patógenos, procurando hacer casi todo con ellas flexionadas hacia adentro y manejándome con los codos dentro de lo posible, con lo cual creo que ya parezco un cruce entre Howard Hughes, Poncio Pilatos y una mantis religiosa.
Cinco o diez minutos en facebook, que tampoco es plan de que ahora me entre úlcera.
Un nesquik caliente acompañado de otro cigarro y, por último, un libro de poesía que leo hasta quedarme roque.
Cojones tiene. Con lo golfa que una ha sido y mírame ahora, que solo me falta tocar el arpa.

lunes, 23 de marzo de 2020

23-3-2020

Cuaderno de bitácora. Décimo día de confinamiento.
Voy por nosecuántos episodios diarios de True Blood, vengan bollos tía María, y tampoco es que me flipe la serie ni mucho menos, pero es muy larga y el caso es combatir el tedio; vampiros, senadores, licántropos y demás gentes de mal vivir, y además está el tema de follar, que nunca me ha dado mucho asco, así que distrae, bien, pero después de tanta matraca me entra sueño, me amodorro, cabeceo, me voy quedando grogui y sin poder evitarlo entro en duermevela, doy un respingo, así como un susto, e intento fijar la atención en la pantalla pero he perdido el hilo argumental y ya no me entero de qué va la vaina, vuelven a cerrárseme los ojos cada vez con más frecuencia, en el interior de mis párpados y de un modo semialucinógeno se proyectan imágenes, retazos de vivencias, chispazos, secuencias, fractales, cosas, caigo como un lerele y me sobresalta el ruido de un recuerdo: soy yo mirando el atardecer desde una cama en el momento en que se cruza en mi campo de visión y se planta ante mí mi acompañante con la ropa necesaria para la ocasión, o sea, ninguna, me despabilo con esto, apago la tele, me incorporo mientras aún ronda por mi cabeza aquel eclipse de coño y dudo entre releer todo lo que tengo de Umbral o volver a dar el estacazo a mi colección de comics de Conan porque tampoco tengo yo muy claro cual es lo más adecuado para la ocasión, si profundidades o evasión, pincho a los Maiden, enciendo uno de los cigarros autorracionados y me pongo a escribir esto solo por eso, por no ver demasiado las noticias y por matar el tiempo, y si tú has llegado hasta aquí es porque compartes el mismo aburrimiento que yo, ¿o me equivoco?
Qué le vamos a hacer, colega, es lo que toca.
Salud.

lunes, 16 de marzo de 2020

16-3-2020

Esta mañana ha caído en mi pueblo una nevada curiosa, con unas nubes muy tristes y muy poco halagüeñas, pero ahí, detrás de esas mismas nubes, seguía brillando el sol, lo sabemos todos, y además ya cesó. Por otra parte también cae otra nevada, pero ésta muchísimo más fea, de virus, de preocupación, de egoístas, de ansiedad, de imbéciles que siempre aparecen cuando menos falta hacen, de enfermos que pueden con ello y enfermos que no, y otra más, de gente llana del pueblo llano que con vergüenza torera se está dejando los huevos y los coños y viceversa para que todo esto funcione y salgamos del mal trago y de gente que consigue emocionarte cuando sale al balcón a aplaudir o a cantar algo. Esperemos que más pronto que tarde la nevada buena anule a la mala y podamos salir a calentarnos a ese sol del que hablaba en un principio sin necesidad de guardarnos las distancias y con algo aprendido en el morral.
Salud y paciencia, amigos.

martes, 3 de marzo de 2020

Y un pimiento

La mañana era soleada y la Plaza Mayor era la antigua, la de los jardines, la bonita, con la salvedad de que la fuente grande no estaba frente al ayuntamiento, sino en todo el puñetero medio, donde debía haber estado el farol aquel, y, además, no daba agua, daba kas de naranja. Yo iba hacia ella como un náufrago, con la lengua pegada al paladar y muertito de sed, se me cruzaba gente que me saludaba, me pedía un cigarro, yo qué sé, y yo les decía quitad hijos de puta, ¿no veis que me estoy muriendo?; llegué a ella, metí la cabeza para bebérmela toda y me desperté, miré hacia la ventana y vi que aún no había amanecido.
Esto me ocurrió cuando tenía diecinueve o veinte años; me había acostado con una borrachera como un piano y el consiguiente resacón tan enorme y tan descomunal me provocó ese sueño, ya ves que pijada: antojo de kas de naranja. Me levanté y cagando hostias fui hasta la cocina, por si acaso quedaba kas, de camino me daría algún cabezazo contra algún marco al ir a oscuras para no levantar sospechas, fijo, y al abrir la nevera tururú: no quedaba kas. Pues agua, como las putas ranas. Me agaché a coger una botella y mira tú lo que son las cosas me fijé en un pimiento que parecía hasta que me saludaba, qué gracioso y qué salao... coño, pues se me ha antojao, a falta de kas ven aquí, hermoso; le cogí, le lavé, le arranqué el tallo y le puse en modo copa bajo el grifo para que el agua expulsara las semillas, pero tate, he aquí que ver rebosar del pimiento ese agua tan burbujeante por la propia presión con la que salía y sobre todo notar su frescor en mi mano me hizo hasta salivar... ¡joder, que puta sed!, así que al enemigo ni agua pero para mí sí, ea. Me la bebí de un trago directamente de ahí y repetí la operación otras tres o cuatro veces. Maná divino, oye. Me recompuso todos los chakras. A raíz de aquello durante una temporada cada vez que me la agarraba -y en esa época era frecuente, podéis creerme- al día siguiente mitigaba la resaca bebiendo agua en un pimiento. No creo que sea necesario aclarar que de sobra sabía yo que aquel remedio era un placebo que no resistía un mínimo análisis crítico y que además me hacía parecer gilipollas, nos ha jodido, pero solo por sugestión me funcionaba, y con eso me era más que suficiente.
¿Qué por qué cuento todo esto? Pues porque cuando veo a gente que aún confía en que nuestra actual clase política nos va a solucionar la papeleta me siento menos raro por aquello, jatetú, además de porque me da la gana, naturalmente.

Pd: La próxima vez que vaya a votar también me llevaré un pimiento.

viernes, 21 de febrero de 2020

Librería de la memoria

Existe un método de evasión tan válido como cualquier otro basado en un recurso mnemotécnico conocido como el método Loci o palacio de la memoria, empleado desde la antigüedad como técnica de memorización, como almacén de datos, aunque igualmente puede utilizarse como recurso de huida de la realidad o ejercicio de fuga de la imaginación cuya cobertura es la memoria, claro. Consiste básicamente en crear en la propia mente una edificación, compartimentarla y archivar recuerdos allí, visualizándola mientras la recorremos hasta alcanzar familiaridad con ella y con cada departamento y lo que atesora éste -recuerdos, notas, apuntes... o fabulaciones incluso-. Me topé con ese término por primera vez leyendo una novela de Thomas Harris sobre Hannibal Lecter. De modo que se llama así, pensé.
Yo no tengo el refinamiento ni el grado de sofisticación del bueno de Hannibal, que no se conformaría con menos que la Galería de los Uffizi  o el Palazzo Vecchio para morar intelectualmente allí -como él mismo dice solo el vestíbulo de su palacio de la memoria es la Capilla Normanda de Palermo-; yo, personalmente, cuando quiero o necesito escapar de la realidad (que imagino que me ocurre con la misma frecuencia que a cualquiera) me conformo, por ejemplo, con una librería, una librería de viejo, porque mis libros ya tienen una vida a sus espaldas y prefiero imaginarlos allí, en un entorno cálido, que sobre una fría e iluminada mesa del Corte Inglés. Mi particular librería de viejo.
Por mi librería, que es amplia, sepia y espaciosa, siempre iluminada por una luz crepuscular y a la que evoco con esa pátina benéfica que da al pasado el recuerdo, deambulo pausadamente, sosegado, expectante, calmo, y mientras recorro quedamente las estanterías paseo las yemas de mis dedos por los lomos de esos libros que forman parte de mi torrente sanguíneo u observo a ese librero ocre, anciano y tranquilo, quién, con su sola presencia, ejerce sobre mí un efecto benefactor, mientras desempeña su particular sacerdocio sobre aquel misticismo de hojas crujientes y cubiertas deslustradas. Las divisiones de los estantes -los compartimentos mnémicos- no están organizadas en orden alfabético de autores o géneros, sino que se recomponen a mi paso conforme al estado de ánimo con el que me he personado allí. De este modo, y casi invariablemente, lo primero que suelo encontrar son lecturas de mi infancia (siempre la cualidad del recuerdo), como esos Dickens y Verne con los qué ya de chinorri me dejé la vista, Kipling, Salgari y todo ese turismo literario de exotismo, bravura y olor a curry, las colecciones Club Joven de Bruguera y Tus Libros de Anaya con un Tom Sawyer que me hacía desear que llegase el sábado por la tarde para salir a hacer el trasto, un Robinson Crusoe en el que siempre era verano, un Gulliver en el que intuí por primera vez la importancia de embellecer y disimular las cargas de profundidad, Simbad y Las mil y una noches, que leí comiendo unos bocadillos de jamón que me hacían sentirme indigno de Sherezade, La guerra de los botones, de Louis Pergaud, que me descubrió expresiones malsonantes ("tres pares de cojones", "me la trae floja", etc) que todavía empleo. Dios le bendiga. Y, por supuesto eternamente ahí, la más conmovedora y mejor escrita historia de amistad que yo haya tenido en mis manos: Platero y yo, mi primer libro leído.
Continuo vagando y tengo ahora ante mí un paisaje que llegó más tarde, en la adolescencia o a partir de ahí, como esas antologías de ciencia ficción de la Nebulae que me evitaron a los veinte interesarme por otros alucinógenos, El perfume, el libro que quise haber escrito yo, lo mismo que poco más tarde también me sucedería con El proceso y El lobo estepario, que encuentro uno al lado del otro, y ese nuevo escenario produce una suerte de transustanciación en el ambiente: ya no huele a goma de borrar de nata ni a lápices Alpino ni a sugus ni a chimos ni a vick vaporub, ha hecho aparición un olor a humo de tabaco barato mentolado, melón de luna y vino peleón. El olfato, tan inmediato a la memoria, también me acerca a Borges, Valle-Inclán, Cela, Delibes, Vargas Llosa y algún otro de esos escritores de derechas que lo hacían tan bien, a Alberto Vázquez-Figueroa y ese estilo libre de aditivos, ese lenguaje en neto que entra solo, a un Bukowski entretenido y metepatas al que le faltaba la estilográfica que le sobraba a Celine, un Celine desafiante y orgulloso que echaba el resto en cada página, a Oriana Fallaci y sus legendarios coglioni, a Camus, Sartre y demás existencialistas que tan bien que me la colaron, aunque Camus me siga gustando, a Orwell y Huxley, quienes, con un par de libros y a una sola mano, prefiguraron tanto de lo que tenemos hoy aquí... ¿dónde andabas, Nostradamus?
En un rincón, desde el canto de una edición barata, Quevedo me mira guasón. Me aproximo a presentarle mis respetos, a leerle y a rezarle. No muy lejos algo del ya citado Thomas Harris, con un siempre elegante Lecter que no se apea del usted para seccionarme la femoral y que cuando merienda hijoputa me pone de un excelente humor. Manoseo volúmenes aquí y allí y al abrir las páginas de una edición que no tengo de un libro que sí tengo de Umbral se resbalan tres o cuatro metáforas. Pacumbral. Con Las ninfas, la primera novela suya que tuve el privilegio de leer, comprendí que no necesariamente es más importante el qué que el cómo, que más vale mostrar que contar, que también en literatura una imagen vale más que mil palabras y que el estilo es su respiración natural -de la literatura- y me dije ya está, aquí está todo; por ello a Umbral no se le lee, a Umbral se le escribe. Anda cerca el Alighieri levantando catedrales florentinas de palabras y Nietzsche cargado de nihilismo, bigotazo y mala hostia. El valiente e incorrecto Ellroy y su prosa a trompicones y boxeadora. Unamuno rimando Salamanca con palanca, que ya son ganas de forzar. Al lado de Anaïs unos cuantos volúmenes de Henry Miller que, dada la vecindad, la estará cortejando. Kerouac gastando gasofa y contaminando el olor a pino del Delibes que tiene al lado. El año del diluvio de Eduardo Mendoza, que cerré llorando. Una edición en rústica de Ficciones, siamesa de otra de El Aleph, con la estética de la inteligencia de un Borges en escritor total fabulando al respirar. Delirios de un Sade preso y medio muerto a pajas en la Bastilla mientras la inspiradora de tan lácteos homenajes le lee de tapadillo apoyada en un reclinatorio haciendo del sacrilegio virtud. Transgresiones de Bataille, Apollinaire y demás aristocracia francesa del pecado. Macarradas de Palahniuk, Barry Gifford, Irvine Welsh, Easton Ellis o Houellebecq, esgrimidas sus plumas en plan banzai. Intrigantes daneses y amoríos veroneses del bardo inmortal. Cien años de soledad, piedra Rosetta del realismo mágico. Lovecraft, el Poe heavy. Las Greguerías que escribió Ramón porque era muy juguetón y el Werther de Goethe y las magdalenas de Proust, que tampoco pueden faltar. Con ellos puedo pasear descalzo por Notre Dame, escuchar con los ojos los discursos de Platón mientras apoyo mi espalda desnuda en el frío mármol o los consejos del tío Tom sentados frente a una hoguera, beber absenta con Baudelaire y láudano con Lord Byron, ceder el paso a Lady Marian en un mercado o sentir el salobre en mi cara sobre la popa de un balandro que ya se hundió.
Desde hace unos años, por disponibilidad de material, alterno el libro clásico con un ebook , pero éste último ni puede soñar sustituir el placer del olor caliente y dulzón de un libro nuevo y su peso en papel, ese peso sereno, preciso, hermoso y eterno que siempre me sosiega y reconforta, como un Platero que me adentra en la paz del arroyo y consigue que un agnóstico como yo se sienta más cerca de Dios.

Otro de mis paraísos mnémicos evoca una cala nudista en Castellón, y no sigo porque se me echa encima la Liga de la Decencia y es que me da una pereza que no veas, oye.



jueves, 6 de febrero de 2020

Se despierta ella

Se despierta ella, se despereza, va al baño, sale, trastea en la cocina, carraspea, y al poco escucho sus pasos aproximarse por el pasillo y aparece en el cuarto de estar despeinada, con su taza de café humeante, un cigarro sin encender, sus braguitas blancas de algodón y un solo calcetín, y nada más, me besa, buenos días, que tal has dormido y todo eso, y se sienta a mi lado, con los ojos adormilados, su sonrisa redentora y ese leve rastro de olor a temperatura y a sudor que tanto me gusta en ella, ese aroma en cursiva, me pide que la ayude a buscar el otro calcetín y yo me acerco a hacerlo al dormitorio, y cuando lo encuentro bajo la cama y lo tengo en mis manos se me pone el cuerpo golfo, oye, cari, ¿que te parece si tal?, apaga el cigarro lentamente, muy lentamente, con estudiada calma me mira zalamera, picarona, traviesa, se levanta de la silla despacito hacia mí y me despierto yo.
Monica Bellucci, empiezo a estar aburrido de esta situación. ¡Por favor, date más garbo la próxima vez!

miércoles, 29 de enero de 2020

El colmado

Al doblar la esquina el viento me daba de cara, y para encender un cigarro me tuve que proteger haciendo brigada con el hueco de la mano y girarme hacia el local que tenía a mi derecha, una tienda de barrio de las de siempre, la tradicional tienda de ultramarinos de toda la vida, y ahí, mirando a través del escaparate mientras fumaba y observando productos, ofertas y tal, captó mi atención la cordialidad en el trato que se intuía entre una pareja de edad y el vendedor y comencé a pensar en la disparidad y los contrastes entre la deshumanizante asepsia de las grandes superficies y la calidez de sitios como aquel: un colmado añejo, acogedor, fresco y con moscas (cuando haylas) y, preso de un brote nostálgico, me dije "cuando acabes el cigarro entras a echar un ojo, Felisín, ¿o tienes algo mejor que hacer a estas horas?", y eso hice.
El sonido de la campanilla sobre la puerta al entrar ya me hizo sonreír, como que me puso buen cuerpo, sonaba a inocencia y a niñez. Un piso de baldosas jaspeadas, con solera de tantos miles de pasos en ellas, me condujo a través de anaqueles atiborrados de género, de todos los géneros, pero no metálicos -los estantes- ni  aglomerados ni de madera de saldo: de madera de madera, de la que suda y huele a hombre bueno. Latas de unos pájaros en escabeche o no sé en qué que no me voy a comer nunca porque yo no como pájaros justo al lado de otras de comida para perros y coexistiendo en armonía, sacos abiertos de legumbres, cecinas, cazuelas de barro con toda clase de encurtidos, pimentón, café, vinos, bicarbonatos, quesos apilados, montones de quesos, que solo de verlos me daban ganas hasta de bailar y de frotarme con ellos la espalda como los osos, con los brazos levantados y sonrisa de bobalicón, una romana ennegrecida y lustrosa, una báscula de toda la vida de Dios, blanca, mecánica, reluciente, con su flecha larga y tiritona indicando el peso y su bandeja que hace extraños si está mal encajada, una caja registradora clásica, con sus números en ruleta, sus teclas sobresaliendo demasiado de la carcasa, su manivela a un lado y su ruido de ametralladora, estampitas de santos desperdigadas cuidadosamente, un calendario del Sagrado Corazón y toda esa imaginería que, por alguna razón que nunca identifico, me reconforta, crea yo en ello o no, quizá porque con el tiempo va uno presintiendo que la blasfemia ya no es revolucionaria sino todo lo contrario -ahora blasfema hasta el tonto-, y al fondo, tras el mostrador, colgando del techo una fila de bacalaos en salazón que impregnaban el aire de olor a caliqueño, a pasado, a algas y a sencillez; solo faltaban una muñeca huérfana de niña olvidada sobre un taburete en un rincón, un gato vagorro y de mirada intranquila, un cartel semiescondido de propaganda electoral con la cara de Suarez o algún otro de su quinta, rubio americano en cajetilla blanda y deslucida, phoskitos  con cromos de Orzowei y ya , por pedir, un tendero peinado como Manolo Escobar que canturrease despreocupado, aunque me hubiese conformado con un par de trampas para ratones en el suelo y un leve olor a Raid para hacer de aquel un lugar perfecto; resumiendo: un instante deliciosamente anacrónico, solo interrumpido por la entrada de dos criajos que parloteaban entre ellos de todo lo que iban a follar el finde -chivar, decían-, pidieron dos Monster de esos y como no estaban bien fríos con las mismas que llegaron se largaron; una vez fuera los jodedorcillos retomo al momento, entrecierro un poco los ojos, y todo ese festival de olores me alejan de la mezquindad del presente y me retrotraen a mi infancia, cuando mi abuela me mandaba a algún recado, una longaniza en cá Totó, una botella de gaseosa donde la Tila, toma veinte duros Felisín y la vuelta para ti y ten cuidado al cruzar, entre vecinas que me pellizcaban un carrillo y Las Grecas sonando en un transistor -la aromaterapia me funciona a mí mejor con olor a queso o con cualquier otro que tenga fijado en la memoria que con lavandas o cardamomos o tufos pijos-, aquellos tiempos en los que era tan ignorante que quería hacerme mayor, así que, con una sonrisa cuasibeatífica, me dirijo al mostrador y en seguida se aproxima el dueño o dependiente, lo que sea, sonriente a su vez, con una sonrisa bonachona de esas de antes y mandil gris, pero al que, ay, le falta el lapicero en la oreja y el papel de estraza sobre el tablero con que envolver el embutido rebosante de cuentas echadas. Como por reflejo desvío la vista al suelo y hago un barrido rápido con la esperanza de encontrarlo y decirle "jefe, ahí tiene el lápiz, se le ha caído" o agacharme yo a por él si está a mi alcance, pero no, no lo veo.

- Buenas. ¿Queso curado de oveja tiene, no?
- Claro.
- ¿Y semicurado?
- También.
- Me ponga cuarto de cada entonces.

Si me llega a preguntar que si le voy a pagar en metálico o con tarjeta el queso se lo come él.

Pd: En realidad esta tienda no sé si existe aquí, casi todo es ficción, salvo la parte en la que rememoro a mi abuela y poco más, pero está como de llover, me apetecía escribir y cualquier excusa es buena.
Ah, si la tienda existe y alguien la conoce me decís por donde cae.

jueves, 23 de enero de 2020

Y con frío seguimos

Con este cabrón de frío no se puede asomar el hocico a la calle y en casa me siento como un gorila enjaulado porque a ver... a mí, en realidad, y por muy cursi y muy esnob que quede (que me la trae floja), me gustan cuatro putas cosas, a saber: literatura, música, cine y pintura, el resto -deportes, política y su puta madre, ecos de sociedad, etcétera...- me importa una puñetera mierda o me la pela bastante, como mejor suene; la televisión me parece un instrumento de desinformación demasiado evidente como para no darse cuenta de que lo es, una cosa de anuncios que le quitan a uno las ganas de comprar nada, amores secretos y consejos de ministros, a los periódicos impresos en papel al menos podías darles una verdadera utilidad una vez leídos, jugar al ajedrez con el ordenador me jode porque el cabrón me gana y además no fuma, internet me ofrece mil posibilidades mil de ver pornografía y rechazándolas me convierto en la clase de hombre que siempre odié, debatir sobre la actual situación del país un sábado con cuatro copas me parece tan estimulante como si a esas mismas horas me invitasen a hacer espiritismo, la proximidad del día de los enamorados me sienta como un disparo en un testículo, acabo de ver todas las temporadas de Frasier y Cheers -que en total suman veintidós- porque adoro el personaje de Frasier Crane; es un inadaptado, pero hace desesperados intentos por encajar entre la gente, por conseguir la aprobación de los demás, y a mí eso me enternece porque yo hace tiempo que he renunciado a esas fatigas y a todo aquello: si a alguien le gusto bien y si no pues que se joda, al venir a comer he estado parado un rato frente a un escaparate en el que años atrás exponían un puzzle gigantesco de El jardín de las delicias y echándolo enormemente de menos porque con el lenguaje visual del Bosco siempre me he identificado plenamente, tal vez por concordancia de ese vocabulario del todo afín a la manera en que me desbarra a mí la quijotera, no sé, y seguramente sea por eso por lo que es el pintor que más amo, y como hace este frío tan hijoputa estoy aquí haciendo ejercicios de escritura automática y anotando gilipolleces en vez de estar escuchando a Bowie mientras paseo por un pinar, me siento en un merendero y me fumo un purillo, que es lo que debería hacer a estas horas, cojones.