domingo, 28 de junio de 2020

En el baño

Voy al cuarto de baño, me desvisto, entro en la cabina de hidromasaje con intención de darme una de esas duchas de agua fría a las que forzosamente me he habituado desde el confinamiento -cosas mías, ejem...-, regulo un poco la temperatura del agua para no congelarme, desvío la posición a "hidromasaje dorsal" y me siento a recibir uno. Sentado plácidamente me hallo, con esa expresión de estar pecando contra el Sexto que ponemos cuando disfrutamos de un masaje fresquito en la espalda cuando algo pasa ante mis ojos, ¡¿queseso?!, levanto la cabeza y ahí lo tengo, posado en la mampara: un mosquito del tamaño de un faisán. Pues tienes aquí anatomía para dar y regalar, te vas a cebar, hijoputa, le digo. Pillo el telefonillo este de la ducha, cambio el agua ahí y le enchufo, pero el caracabrón se libra y comienza a revolotear frenéticamente por toda la cabina, aproximándose peligrosamente a mí en ocasiones, yo sigo sentado, intentando acertarle con el agua y pensando en la pinta de imbécil que tengo que tener jugando a dartañán en pelotas con un mosquito, ven aquí, que te he de matar y todo eso... como veo que así no consigo nada aparte de hacer el pijo corto el agua y me dispongo a darle el aplauso de toda la vida de Dios y que tan buenos resultados ha dado siempre con estos asquerosos, me levanto rápidamente hacia él con las manos por delante sin pensar antes en donde me encuentro y el hostión que me he arreado en la cabeza con el puto borde del panel del asiento se cuenta y no se cree.
Descalabrado sin salir de casa. Bien. Un nuevo hito en mi carrera.
Y menos mal que al salir de la ducha agarrándome la cabeza no me ha picao en el culo.

domingo, 21 de junio de 2020

El chulo que castiga

Hay gente que, lo quieras o no, te fijas en ella. A mí me pasaba en Benidorm con un jambo que veía por allí, un tío de unos cincuenta y tantos, más chulo que un ocho, con el que coincidía noche sí y noche también en el mismo bar, pero es que era para verle al pollo: más bien bajito, recogidito, vestido a lo Corrupción en Miami como un Don Johnson de provincias, colorido todo él, despechugado, con las Rayban en lo alto de la cabeza engominada a las dos de la mañana y con la misma cara que el gato que se comió al canario. El tipo se echaba él solo unos bailes por allí que a mí me daban ganas de aplaudirle y por donde pasaba dejaba un tufo a colonia de antañazo que pá qué... estoy hasta por asegurar que era el hombre llamado Jacq's, aunque luego se llamaría Jacinto Calandrias o como quiera que se llamase, y cada vez que entraba en el local una guiri -porque a las guiris en la costa se las nota de lejos que son guiris, a ver si no- el tío esgrimía una sonrisa lobuna a la que solo la faltaba el destello en el colmillo. Nunca crucé una palabra con él pero se le veía simpaticón, siempre me saludaba con un gesto al verme e incluso alguna vez chocó su gintonic con mi cerveza -Larios, que me fijé en lo que le echaban- cuando pasaba a mi lado moviendo el esqueleto. Daba la impresión, en apariencia, de que era un playboy y un pichalegre y a mí me caía bien porque me suelen caer bien los chulos y los grandes folladores -y las chulas y las grandes folladoras mejor- y tampoco se metía con nadie, él iba a lo suyo y a los demás que nos diesen.
Una mañana de esas estaba un servidor tomando algo en una terraza al lado del paseo marítimo y una señora que se acercaba llamó mi atención porque llevaba un vestido que me recordaba a unas cortinas que tenía en mi habitación en los años setenta y nunca había vuelto yo a ver esas cortinas, y completaba el conjunto con una pamela enorme y descomunal a la que solo la faltaba una pluma de ganso de esas largas que van barriendo el suelo tras el portador/a; la mujer, alta, fuerte, rubia y con bigote de revisor iba del brazo de un hombre algo más joven y bastante más bajo que ella, vestido de turista al uso, encorvado, pesaroso y con cara de suicida, me fijo un poco más en él según se aproximan y toma ya "¡Coño! ¡Pero si es Chulolópez!" Ahí le tenía de nuevo diez horas después de haberle visto por última vez en el Heartbreak dándolo todo. Pasaron frente a mí, él me vio, no hizo ningún ademán de saludarme ni a mí me importó pero me quedó una sensación extraña, algo así como de haber presenciado la transformación de Jekyll en Hyde, solo que en esta ocasión fue de latinlover a viajante de calcetines o algo así... incluso, cuando ya se alejaban paseo abajo, seguí observándole y ahí ya no quedaba del pollopera ni el donaire ni el trotecillo cochinero con que bailaba ni ná de ná; renqueaba, se detenía ajigolao y arrastraba las sandalias como si le acabase de dar un desprendimiento de testículo o vaya usté a saber.
No le volví a ver por la noche al jodío, y me dio cosilla, oye.

¿Y a ton de qué nos cuentas esto a estas horas, criaturita? me diréis. Pues porque me aburro, joder, porque me aburro.