Existe un método de evasión tan válido como cualquier otro basado en un recurso mnemotécnico conocido como el método Loci o palacio de la memoria, empleado desde la antigüedad como técnica de memorización, como almacén de datos, aunque igualmente puede utilizarse como recurso de huida de la realidad o ejercicio de fuga de la imaginación cuya cobertura es la memoria, claro. Consiste básicamente en crear en la propia mente una edificación, compartimentarla y archivar recuerdos allí, visualizándola mientras la recorremos hasta alcanzar familiaridad con ella y con cada departamento y lo que atesora éste -recuerdos, notas, apuntes... o fabulaciones incluso-. Me topé con ese término por primera vez leyendo una novela de Thomas Harris sobre Hannibal Lecter. De modo que se llama así, pensé.
Yo no tengo el refinamiento ni el grado de sofisticación del bueno de Hannibal, que no se conformaría con menos que la Galería de los Uffizi o el Palazzo Vecchio para morar intelectualmente allí -como él mismo dice solo el vestíbulo de su palacio de la memoria es la Capilla Normanda de Palermo-; yo, personalmente, cuando quiero o necesito escapar de la realidad (que imagino que me ocurre con la misma frecuencia que a cualquiera) me conformo, por ejemplo, con una librería, una librería de viejo, porque mis libros ya tienen una vida a sus espaldas y prefiero imaginarlos allí, en un entorno cálido, que sobre una fría e iluminada mesa del Corte Inglés. Mi particular librería de viejo.
Por mi librería, que es amplia, sepia y espaciosa, siempre iluminada por una luz crepuscular y a la que evoco con esa pátina benéfica que da al pasado el recuerdo, deambulo pausadamente, sosegado, expectante, calmo, y mientras recorro quedamente las estanterías paseo las yemas de mis dedos por los lomos de esos libros que forman parte de mi torrente sanguíneo u observo a ese librero ocre, anciano y tranquilo, quién, con su sola presencia, ejerce sobre mí un efecto benefactor, mientras desempeña su particular sacerdocio sobre aquel misticismo de hojas crujientes y cubiertas deslustradas. Las divisiones de los estantes -los compartimentos mnémicos- no están organizadas en orden alfabético de autores o géneros, sino que se recomponen a mi paso conforme al estado de ánimo con el que me he personado allí. De este modo, y casi invariablemente, lo primero que suelo encontrar son lecturas de mi infancia (siempre la cualidad del recuerdo), como esos Dickens y Verne con los qué ya de chinorri me dejé la vista, Kipling, Salgari y todo ese turismo literario de exotismo, bravura y olor a curry, las colecciones Club Joven de Bruguera y Tus Libros de Anaya con un Tom Sawyer que me hacía desear que llegase el sábado por la tarde para salir a hacer el trasto, un Robinson Crusoe en el que siempre era verano, un Gulliver en el que intuí por primera vez la importancia de embellecer y disimular las cargas de profundidad, Simbad y Las mil y una noches, que leí comiendo unos bocadillos de jamón que me hacían sentirme indigno de Sherezade, La guerra de los botones, de Louis Pergaud, que me descubrió expresiones malsonantes ("tres pares de cojones", "me la trae floja", etc) que todavía empleo. Dios le bendiga. Y, por supuesto eternamente ahí, la más conmovedora y mejor escrita historia de amistad que yo haya tenido en mis manos: Platero y yo, mi primer libro leído.
Continuo vagando y tengo ahora ante mí un paisaje que llegó más tarde, en la adolescencia o a partir de ahí, como esas antologías de ciencia ficción de la Nebulae que me evitaron a los veinte interesarme por otros alucinógenos, El perfume, el libro que quise haber escrito yo, lo mismo que poco más tarde también me sucedería con El proceso y El lobo estepario, que encuentro uno al lado del otro, y ese nuevo escenario produce una suerte de transustanciación en el ambiente: ya no huele a goma de borrar de nata ni a lápices Alpino ni a sugus ni a chimos ni a vick vaporub, ha hecho aparición un olor a humo de tabaco barato mentolado, melón de luna y vino peleón. El olfato, tan inmediato a la memoria, también me acerca a Borges, Valle-Inclán, Cela, Delibes, Vargas Llosa y algún otro de esos escritores de derechas que lo hacían tan bien, a Alberto Vázquez-Figueroa y ese estilo libre de aditivos, ese lenguaje en neto que entra solo, a un Bukowski entretenido y metepatas al que le faltaba la estilográfica que le sobraba a Celine, un Celine desafiante y orgulloso que echaba el resto en cada página, a Oriana Fallaci y sus legendarios coglioni, a Camus, Sartre y demás existencialistas que tan bien que me la colaron, aunque Camus me siga gustando, a Orwell y Huxley, quienes, con un par de libros y a una sola mano, prefiguraron tanto de lo que tenemos hoy aquí... ¿dónde andabas, Nostradamus?
En un rincón, desde el canto de una edición barata, Quevedo me mira guasón. Me aproximo a presentarle mis respetos, a leerle y a rezarle. No muy lejos algo del ya citado Thomas Harris, con un siempre elegante Lecter que no se apea del usted para seccionarme la femoral y que cuando merienda hijoputa me pone de un excelente humor. Manoseo volúmenes aquí y allí y al abrir las páginas de una edición que no tengo de un libro que sí tengo de Umbral se resbalan tres o cuatro metáforas. Pacumbral. Con Las ninfas, la primera novela suya que tuve el privilegio de leer, comprendí que no necesariamente es más importante el qué que el cómo, que más vale mostrar que contar, que también en literatura una imagen vale más que mil palabras y que el estilo es su respiración natural -de la literatura- y me dije ya está, aquí está todo; por ello a Umbral no se le lee, a Umbral se le escribe. Anda cerca el Alighieri levantando catedrales florentinas de palabras y Nietzsche cargado de nihilismo, bigotazo y mala hostia. El valiente e incorrecto Ellroy y su prosa a trompicones y boxeadora. Unamuno rimando Salamanca con palanca, que ya son ganas de forzar. Al lado de Anaïs unos cuantos volúmenes de Henry Miller que, dada la vecindad, la estará cortejando. Kerouac gastando gasofa y contaminando el olor a pino del Delibes que tiene al lado. El año del diluvio de Eduardo Mendoza, que cerré llorando. Una edición en rústica de Ficciones, siamesa de otra de El Aleph, con la estética de la inteligencia de un Borges en escritor total fabulando al respirar. Delirios de un Sade preso y medio muerto a pajas en la Bastilla mientras la inspiradora de tan lácteos homenajes le lee de tapadillo apoyada en un reclinatorio haciendo del sacrilegio virtud. Transgresiones de Bataille, Apollinaire y demás aristocracia francesa del pecado. Macarradas de Palahniuk, Barry Gifford, Irvine Welsh, Easton Ellis o Houellebecq, esgrimidas sus plumas en plan banzai. Intrigantes daneses y amoríos veroneses del bardo inmortal. Cien años de soledad, piedra Rosetta del realismo mágico. Lovecraft, el Poe heavy. Las Greguerías que escribió Ramón porque era muy juguetón y el Werther de Goethe y las magdalenas de Proust, que tampoco pueden faltar. Con ellos puedo pasear descalzo por Notre Dame, escuchar con los ojos los discursos de Platón mientras apoyo mi espalda desnuda en el frío mármol o los consejos del tío Tom sentados frente a una hoguera, beber absenta con Baudelaire y láudano con Lord Byron, ceder el paso a Lady Marian en un mercado o sentir el salobre en mi cara sobre la popa de un balandro que ya se hundió.
Desde hace unos años, por disponibilidad de material, alterno el libro clásico con un ebook , pero éste último ni puede soñar sustituir el placer del olor caliente y dulzón de un libro nuevo y su peso en papel, ese peso sereno, preciso, hermoso y eterno que siempre me sosiega y reconforta, como un Platero que me adentra en la paz del arroyo y consigue que un agnóstico como yo se sienta más cerca de Dios.
Otro de mis paraísos mnémicos evoca una cala nudista en Castellón, y no sigo porque se me echa encima la Liga de la Decencia y es que me da una pereza que no veas, oye.
viernes, 21 de febrero de 2020
jueves, 6 de febrero de 2020
Se despierta ella
Se despierta ella, se despereza, va al baño, sale, trastea en la cocina, carraspea, y al poco escucho sus pasos aproximarse por el pasillo y aparece en el cuarto de estar despeinada, con su taza de café humeante, un cigarro sin encender, sus braguitas blancas de algodón y un solo calcetín, y nada más, me besa, buenos días, que tal has dormido y todo eso, y se sienta a mi lado, con los ojos adormilados, su sonrisa redentora y ese leve rastro de olor a temperatura y a sudor que tanto me gusta en ella, ese aroma en cursiva, me pide que la ayude a buscar el otro calcetín y yo me acerco a hacerlo al dormitorio, y cuando lo encuentro bajo la cama y lo tengo en mis manos se me pone el cuerpo golfo, oye, cari, ¿que te parece si tal?, apaga el cigarro lentamente, muy lentamente, con estudiada calma me mira zalamera, picarona, traviesa, se levanta de la silla despacito hacia mí y me despierto yo.
Monica Bellucci, empiezo a estar aburrido de esta situación. ¡Por favor, date más garbo la próxima vez!
Monica Bellucci, empiezo a estar aburrido de esta situación. ¡Por favor, date más garbo la próxima vez!
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