Esta misma mañana, 09:45, cita con el otorrino para coger los resultados de una audiometría que me hice a causa de un acúfeno que me lleva dando la tosta desde abril, audición perfecta, ningún daño en el oído, todo muy bien, maravilloso; diagnóstico -probable-: acúfeno causado por estrés (existe el estrés del parado, nos ha jodido, que duda cabe, causado por el runrún lógico de la situación y alguna que otra cosilla más.) Tratamiento: Tómatelo de otra manera, chaval.
Esta misma tarde, 20:04 (de reloj, hace un rato), dando un paseo por las afueras, en la carretera Rueda, por donde salen a caminar las señoras, los señores y hasta yo, me siento en un banco frente a la yondir (John Deere) a echar un cigarro y ver atardecer (uno es un cursi y le gustan estas cosas), llevo puestos, como siempre, los auriculares y el mp3 en reproducción aleatoria, que, por la sorpresa, siempre me es más entretenido, cuando, de repente, por afortunado azar, por feliz conjunción astral o por alguna de esas cosas de Iker Jiménez suena Earthrise de Camel justo cuando estoy contemplando con cara pijo un esplendido crepúsculo asalmonado de estos que tenemos en Castilla, sobre todo ahora, en otoño, como uno de nuestros raros -y escasos- privilegios. Divina comunión, coño, esa canción y ese paisaje. Me he sentido como cuando los místicos iban a hacer el imbécil al desierto y tenían alguna revelación o como cuando los neojipis ibicencos se han comido hasta los bordillos y bailan el baile del superamor, me figuro que mi cara de éxtasis debía superar a la que seguramente pongo cuando veo frente a mí unas bragas caer. Estrés, acúfeno y resto de puñetas de momento a tomar pol culo.
Eso sí, si en ese momento se me acerca algún buenastardes de los que por allí abundan y, aburrido, pretende cortarme el rollo por darme conversación “¿Este pueblo que se ve aquí como se llama?” -esto lo suele decir mucho el octogenario vacilón que lleva toda la vida viviendo aquí-, “Cuando yo tenía su edad tenía más fuerza en el pijo que en los brazos”, o “Bajo ese árbol cagué yo” -y te señala el árbol-, de la patada en la cabeza no le libra ni la tortuga D’artagnan.
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