jueves, 22 de abril de 2021

La oca

Me gustaría conmemorar un aciago suceso que aconteció en el mes de abril de 1986, hace ahora treinta y cinco años, en la localidad vallisoletana de Medina del Campo.
Un adolescente fue a buscar a un amigo suyo a su casa y la madre de su amigo le dijo que éste se encontraba en el corral (la familia tenía una granja: vacas, cerdos, aves, de todo) y cuando el adolescente entró allí le salió al encuentro una oca que se dirigía a él con andares como de malo de peli del oeste, así, oscilando a cada paso el cuerpo de un lado a otro y con cara de a mí no me toques los huevos. El adolescente aún conservaba la idea infantil de que aquél era un animal tierno y cándido, como le recordaba de las películas de dibujos y tal, así que ahí se quedó esperándola, pánfilo y cachazudo, y cuando la oca estuvo a su altura y el adolescente se disponía a acariciar su cabecita ¡ÑACA!, colosal picotazo que la oca de los cojones le arreó justo allí donde las buenas maneras impiden señalar. Su amigo acudió veloz al quite y se llevó a la oca y el adolescente quedó en el suelo hecho un ovillo, sin respiración y cagándose cien mil veces en Walt Disney y en la madre que le parió.

Recuerdo perfectamente que aquello ocurrió en abril de 1986 porque justo cuatro días antes de los hechos me habían operado de fimosis.

viernes, 12 de febrero de 2021

La siesta

Estás así, después de comer, el cigarro, el café bautizado con unas gotas de escocés, esas cosas, y de eso que te aburres vivo, te entra modorra y dices y qué cojones hago ahora, pues como que me voy a echar un cacho siesta, ¿no?, así que me dirijo a mis aposentos, bajo la persiana, me tumbo y tal, pongo cara pijo, cierro los ojos y a los dos minutos clonk, clonk, clonk, clonk, el aporreador de las 16:30, un vecino que lleva en obras desde antes de las navidades y ya no sé si está tirando la encimera o está construyendo un oleoducto o qué narices está haciendo, así que me revuelvo incómodo sobre la piltra... se hace el silencio un momento, me confío, pero al rato vuelve... clonk, clonk, clonk, clonk, y me da a mí que ya no pego ojo... ¿pero se puede saber qué estará organizando este jambo durante tantas semanas...?, puestos a elucubrar considero la posibilidad de que sea un aficionado a la escultura y ha metido en casa un bloque de granito y está ahí dándolo todo, y quien sabe si talla una figura hermosa, una mirada anhelante, dedos que acarician, tal vez un beso... algo bonito, e intento relajarme pensando que en el caos y la molicie también se puede encontrar belleza y en que quien soy yo para oponerme a ello, clonk, clonk, clonk, clonk, pero es que no se cansa... me doy la vuelta, me coloco en decúbito prono, cubriéndome ahora la cabeza con la almohada, pero nada, oye, ni pá Dios, que no hay tu tía, ¡clonk!, ¡clonk!, ¡clonk!, ¡clonk!, parece que hasta da ahora con más ganas... ¡joder!, a ver si se le escapa la maza y se da en un huevo, y así, mientras se le baja la hinchazón, me deja dormir un rato... fantaseo con esa posibilidad y como que voy notando que desaparece la tensión en mi cuello y en mis hombros, como que me va acogiendo un dulce sopor, una paz, una tranquilidad... y oye, qué será la mala hostia, tú, pero recreándome con esta imagen del escandaleras dando saltos con las manos en sus partes me he quedado dormidito plácidamente más de hora y media.
Qué será la mala hostia, oye...

sábado, 28 de noviembre de 2020

Ese caprichoso momento

Ese caprichoso momento en que te tumbas en la cama, te colocas los auriculares, apagas la luz y te dispones a escuchar a Pink Floyd o a King Crimson o a Porcupine Tree o algo así, algo de música lisérgica que te haga evadirte, das al play, cierras los ojos, comienzan a sonar las notas y en un espacio indeterminado de tiempo ya tienes la impresión de estar flotando a un metro sobre ti mismo, te encuentras en un plano sensorial diferente, en un lugar tranquilo, sin preocupaciones ni virus ni debates parlamentarios ni ninguna de esas mierdas, la respiración se ralentiza, la tensión arterial desciende, el espíritu se apacigua, estás a medio camino entre la vigilia y el sueño, más feliz que un regaliz, pero ¡ay!, comienzas a sentir una ligera comezón en un costado, o en la cabeza, o en un huevo,y lo dejas pasar y no te rascas porque sabes que cualquier actividad podría desconcentrarte y romper el delicado trance, pero adviertes que sigue ahí, y que por momentos cobra intensidad; tranqui, nene, piensas muy bajito, con miedo a que el propio volumen de tu pensamiento o simplemente verbalizarlo te saque de ese nivel de conciencia, pero la ligera comezón en el costado (o en la cabeza, o en el huevo) ya se ha convertido en un incordiante picor... ya se pasará, ya se pasará, todo se pasa en esta puñetera vida... Los cojones. Ahora sí que pica. Diriges la mano velozmente al costado (o a la cabeza, o al huevo, a la sazón) para rascarte ya de una puta vez y ver si consigues regresar a ese estado de ensueño plácido-bucólico-pastoril y en el movimiento y con la mala hostia enganchas sin querer el cable de los auriculares y hale, ahí va a tomar pol culo el mp3.
Por ese caprichoso momento he pasado yo hace un momento (y no voy a decir lo que me picaba.)

 




lunes, 9 de noviembre de 2020

09-11-2020

Ocho meses ya desde la última cogorza y siete meses desde que se me pasó la resaca. Quién iba a decirme a mí entonces que iba a echar de menos el despertarme con un pájaro carpintero en la testuz, las arritmias al comprobar como quedó la billetera, las inútiles duchas de agua fría y los calderos de bicarbonato...
Ahora, las circunstancias que todos conocemos han dado lugar a ocho largos meses de monacato; no bebo, no trasnocho, no me empierno, y he sustituido todas esas alegrías por los largos paseos por el campo silbando melodías y contemplando atardeceres y claros de luna... Estoy pensando en cursar solicitud al arzobispado o a quien corresponda para tomar votos monásticos e ingresar en algún convento como cartujo, dominico o ursulino, oye, y por lo menos salir de todo esto con un oficio.

miércoles, 30 de septiembre de 2020

Agarraos

Hablaba un día del significado de los bailes lentos para los adolescentes de mi generación y hoy vuelvo a dar la tabarra con lo mismo, pá que os jodáis.
En Coliseo, la discoteca de entonces en mi pueblo, antes de comenzar los lentos, los agarraos, el restregón o como quisieras llamarle, hablo del 87-88 o por ahí, sonaban yo qué sé, Rick Astley, Dire Straits o quienes fueran, pero de pronto, así como al final de la canción, bajaba significativamente el volumen de ésta, la iluminación se tornaba azul y débil, la sala aparentaba haber caído bajo un pulso electromagnético y esa era la señal: Mozos, firmes y tomando posiciones, ar. Con más fe que esperanza, porque en esos lances aún no estábamos desasnados, nos acercábamos como al descuido a la chavala aquella que nos enamoraba, carraspeábamos, poníamos voz de gilipollas y la pedíamos bailar.

- Vale.

Hala, ya teníamos el cielo abierto, ya estábamos avasallados de expectativas, sentimientos, suspiros y esas cosas, ya pensábamos que lo teníamos todo hecho. Tururú. Comenzaba la función, mis manos en tu cintura, como cantaba Adamo, ay, que me pisas, nos decía ella casi siempre, durante la pieza iba y venía alguna que otra confidencia, así, bien agarraditos, ella con la cabeza recostada suavemente en nuestro hombro, nosotros luchando por disimular un empalme escandaloso y prometiéndonoslas muy felices, se acababa la sesión y -salvo celebradísimas excepciones- se acabó lo que se daba; ella nos sonreía y volvía con su grupo de amigas y nosotros la devolvíamos una sonrisa amarga y volvíamos a la barra a por otro dobleuve y a sangrarle un cigarro a los mayores de edad, donde no faltaba el observador que te cazaba.

- Vas como encogido tú... ¿qué ocultas, granuja?
- Vete a tomar por el culo.

Y con todo y con eso no eran malos tiempos, oye.

lunes, 7 de septiembre de 2020

En el silencio de la noche

Todas las noches, a eso de las doce y pico o la una, después de un par de episodios de la serie que me encuentre viendo (en este momento Homeland) bajo a echar un cigarro a la calle, dando un paseo y esas cosas, así, con el fresquito, lo bonita que está la luna así de llena, qué cantidad de estrellas y todas esas mariconadas, además de que a esas horas por mi barrio no hay ni grillos y se está muy a gusto, puedes pasear y pensar tranquilamente. Pasaba hace un rato bajo el bloque contiguo al mío, ya casi apurando el cigarro, y escucho una voz femenina proveniente de una ventana abierta de la primera planta, o así me lo parece por la cercanía...
- Ah... Ahhh... Ahhhhh...
Me quedo tal que así, ¿no?, como se quedaría cualquiera...
- Ah... Ahhh... Ahhhhh...
Pues sí que me parece a mí que me suena eso, pero tal vez me equivoque, yo qué sé...
- Ah... Ahhh... Ahhhhh...
Joder, pues va a ser que no me equivoco. Ahí están metiendo centímetros, o también pueden ser dos mujeres, o el satisfyer ha llamado a su puerta, vaya usté a saber, pero voy a acelerar un poco porque al paso que va la burra como siga escuchando esto me voy a engorilar y tampoco tengo ganas de que entre luego Chendo por el portal antes que yo, más que nada por si me cruzo con algún vecino que baja la basura y ya ves tú que pinta, pero a pesar de todo no puedo evitar pensar que es bonito, coño, que está el panorama entre unas cosas y otras que da asco y a pesar de todo aún la gente araña un momento si puede entre toda esta mierda para quererse... joder, pues a mí me parece muy bonito, ¿qué no?
- Ah... Ahhh... Ahhhhh... CHISSS!!!
Bah.... puta mierda...

domingo, 28 de junio de 2020

En el baño

Voy al cuarto de baño, me desvisto, entro en la cabina de hidromasaje con intención de darme una de esas duchas de agua fría a las que forzosamente me he habituado desde el confinamiento -cosas mías, ejem...-, regulo un poco la temperatura del agua para no congelarme, desvío la posición a "hidromasaje dorsal" y me siento a recibir uno. Sentado plácidamente me hallo, con esa expresión de estar pecando contra el Sexto que ponemos cuando disfrutamos de un masaje fresquito en la espalda cuando algo pasa ante mis ojos, ¡¿queseso?!, levanto la cabeza y ahí lo tengo, posado en la mampara: un mosquito del tamaño de un faisán. Pues tienes aquí anatomía para dar y regalar, te vas a cebar, hijoputa, le digo. Pillo el telefonillo este de la ducha, cambio el agua ahí y le enchufo, pero el caracabrón se libra y comienza a revolotear frenéticamente por toda la cabina, aproximándose peligrosamente a mí en ocasiones, yo sigo sentado, intentando acertarle con el agua y pensando en la pinta de imbécil que tengo que tener jugando a dartañán en pelotas con un mosquito, ven aquí, que te he de matar y todo eso... como veo que así no consigo nada aparte de hacer el pijo corto el agua y me dispongo a darle el aplauso de toda la vida de Dios y que tan buenos resultados ha dado siempre con estos asquerosos, me levanto rápidamente hacia él con las manos por delante sin pensar antes en donde me encuentro y el hostión que me he arreado en la cabeza con el puto borde del panel del asiento se cuenta y no se cree.
Descalabrado sin salir de casa. Bien. Un nuevo hito en mi carrera.
Y menos mal que al salir de la ducha agarrándome la cabeza no me ha picao en el culo.