Cuaderno de bitácora. Otro día más en que me despierto cuando aún no lo han hecho los panaderos y completamente desvelado, para terminarlo de redondear; café, cigarro y otra vez al sobre, que en vertical a esas horas (¿horas? ¿esas son horas?) poco o muy poco hay que hacer. A estas alturas de la película ya me sé yo que el sueño no le vuelvo a pillar, aunque anoche estuviese despierto hasta muy tarde viendo una de terror mala como ella sola y apenas haya dormido tres o cuatro horas, así que recurro a la rutina que ya casi me repatea precisamente por eso, por rutina, de agarrar el mp3, conectarme esos auriculares de los que hablaba aquí el otro día y con los cuales en la cama parezco una especie de teletubby nudista y domiciliario y pegarme una sesión monográfica de algún grupo, el primero que se me ocurra siempre y cuando esté en el aparato reproductor (el mp3, of course) y ni amargue ni taciturne ni melancolice mucho, o al menos que lo haga en la medida de lo soportable. Dudo entre los Rolling Stones, Faces, los primeros Aerosmith o Black Crowes, y como ante la duda la tetuda me decido por los primeros, que si no tienen más tetas sí tienen más años. Con los rollings me ocurre que solo me muevo en una época muy determinada, 1968-1978, lo anterior, salvo excepciones, me aburre y lo posterior (casi sin excepciones) apenas me dice nada, pero ese periodo al que aludo me fascina, y en el aparato reproductor (...) casi siempre llevo la tetralogía soberbia (Beggars Banquet, Let it Bleed, Sticky Fingers y el inagotable Exile on Main St), así qué miel sobre hojuelas, lo conecto, me casco los cascos y a escuchar. La cosa arranca, por orden cronológico o por orden alfabético -del álbum- con Sympathy for the Devil, bien, muy apropiada, luego la otra, luego la de más allá, y así van desfilando tema tras tema los crapulazos hasta que uno, relajado y vencido por fin de sueño, se empieza a quedar sopa y entra en el duermevela, que es precisamente de lo que quería escribir y no sobre los rollings, que de ellos ya se ha escrito mucho.
Adoro la sensación del duermevela, el "estado theta", como creo que lo llaman los científicos, los budistas y los higienistas de la meninge, o el "vivir los sueños", que dicen los cursis, ese estado en el cual, si se dan las condiciones adecuadas, uno entra -por lo visto- en la fase REM -la de los sueños- en situación de casi vigilia y claro, la cosa le sabe a teta, y de novicia, además.
El experimentar esa no-realidad más real y más vívida que la propia realidad es impagable, esa comunión fecunda y precisa (y preciosa) entre el estímulo externo y lo que acontece en la mollera, ese poder caminar por sobre la propia alma sorteando todos los charcos, desniveles y alteraciones de ésta, y apreciando nítidamente la vibración de cada uno de sus vaivenes, toda esa riquísima gama de percepciones no nos la podrá dar nunca la materialidad, ni Spielberg ni Disney ni su puñetera madre. Un ejemplo: mientras sonaba Dead Flowers (flores muertas, fíjate tú...), y quizá porque a esa canción la tengo especial cariño, la sensación térmica y dérmica de la alegría la experimentaba (la vivía, que coño) con mucha mayor intensidad de lo que recuerdo haberlo hecho en vigilia en bastante tiempo, escuchando o no a los rollings. Supongo que, de no haberme quedado -al rato- profundamente esnucao, mediante algún otro tema y ya instalados en esa receptividad, me hubiese pasado lo mismo o parecido con cualquier otra sensación/emoción que ya tenga o tuve sí o no lejana/cercana (el disparate sintáctico es completamente intencionado, la dictadura de la gramática me estomaga); otro ejemplo: la sensación olfativa del amor, en caso de que algo así exista (y esa sí la recuerdo yo, en caso de que algo así exista...)
Flores muertas, quizá a poco más que eso derivamos, no sé...
Flores muertas, fíjate tú...
(joder, que asquerosamente confesional me ha quedado todo esto... Bueno, ¿y qué?)
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