lunes, 17 de septiembre de 2018

Mortal y rosa

Pocas otras cosas materiales necesito para ser feliz que un libro cualquiera de este señor, un rincón donde leerle despacio y un paquete de tabaco para acompañar. Umbral, siempre Umbral, con su aura de escritor crepuscular aun ya de joven, su voz engolada y distanciadora, su eterna tos de metáforas, su rechazo altanero hacía ese sinsentido llamado realismo y su mimo con el continente y su desdén por el contenido, que se la traía bastante floja y hacía muy bien. Podía escribir sobre el perpetuo invierno de los cuarenta en Valladolid, libros, el coño, sobre el azucarillo del café del pobre o sobre las venas de los huevos propios o ajenos..., todo le salía Umbral. Provocó (voluntariamente) rechazo en vida porque se pasó las correcciones por donde se las tenía que pasar y cultivó un personaje soberbio e indigesto que no era mas que una mascara y un parapeto, una trinchera, al que solo podías acceder y desenmascarar (y comprender) leyéndole, y así desgranar al hombre que vivía en cortesano y hablaba en cínico pero sentía en poeta, y sobre cualquier otra lectura este devastador Mortal y rosa, canto desgarrado y real a la muerte del hijo que es, seguramente, el libro mas doloroso pero con mas belleza incrustada que me haya leído yo nunca, y uno de los cinco que me llevaría a la famosa isla desierta en la que todos los famosos que van ahora a ella a naufragar adrede y sobrevivir bajo la constelación del parné se hubieran ya muerto de asco. Volviendo al escritor, no al personaje, aparte de que su cultura y su lucidez eran abrumantes y de que disponía de todos los recursos literarios existentes mas los que sobre la marcha creaba, lo que le hacia tan especial era su actitud: Tenía un equilibrio maravilloso entre beligerancia y dulzura. Era único.

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