lunes, 17 de septiembre de 2018

Sueño Electoral

Apenas veo la tele (ahí no salen más que hijos de puta, decía en una película Luis Ciges), pero durante la comida o la cena sí lo hago, y supongo que será debido al bombardeo político al que nos tienen sometido por lo qué he tenido anoche este sueño, que aquí transcribo calentito. Por favor, si hay algún psicólogo en la sala que tuviese la amabilidad de interpretármelo le estaría muy agradecido.
La cosa no empezaba con ningún tufo político ni mucho menos, sino con frío, con el puñetero frío que se nos ha instalado en las castillas estas últimas semanas -o es mi impresión subjetiva, que siempre le llevo- y que consigue, entre otras cosas, que se te agrie el carácter, que la compañía del gas aún durante mayo haga su agosto, que los vendedores de suéteres aplaudan tu llegada a sus establecimientos y que se te ponga un testículo azulón.
-Oiga, doctor, que se me ha puesto un testículo azulón.
-¡Coño!
Tiritaba yo, como vengo diciendo, por una estrecha callejuela, camino a no sé donde, bajo una copiosa nevada y ataviado con una camisa hawaiana, chanclas hawaianas, un pantalón hawaiano y un collar hawaiano cuando me asaltaron unos candidatos -me arrollaron sería más preciso- apareciendo de la nada y poniéndose en cruz justo frente a mí, obstaculizándome el paso e impidiéndome la huida. “Disculpe, fauno, ¿tiene un momento? -lo de “fauno” me amoscó- Nuestros nombres son María Fernanda y Alfredo Luís -dijo él- y nos presentamos como candidatos a las próximas elecciones por el partido de izquierdoderecha P.O.L.L.A. -este nombre, sin duda, me surgió en el subconsciente debido a que en el 94, entre azadonazo y azadonazo, cigarros y tragos de vino, un compañero de curre y yo fantaseamos, medio en broma medio en serio, con fundar el P.O.L.L.A. (Partido Obrero Liberal Legalizado Anarquista), e incluso confeccionamos un eslogan (“P.O.L.L.A. TE APOYA”); al final no fundamos nada-; también está usted harto de este frío, ¿me equivoco? ¿Vota usted? ¿Cómo se llama, por favor?” Ya que se había dirigido a mí de la forma que antes he señalado le contesté lo primero que se me ocurrió, y lo primero que se me ocurrió fue decirle que mi nombre era monsieur Penè y qué no insistiera, qué estaba muy a gusto con mi compañía, qué llevaba muchos años con ella y qué ya me hacían descuento en las llamadas de fijo a móvil, y qué, por favor, me dejaran pasar, que me dirigía a la piscina -esto lo improvisé para darme el bote- a ligar bronce, a nadar y a hacer landismo; como si todas mis explicaciones no fueran con ellos prosiguió con su perorata electoral “amigo -peatón, le corregí-, el resto de partidos tal, el otro resto cual, si entramos nosotros y nosotras desterraremos las borrascas y ya no padecerá usté esas tiritonas, prometemos muchas cosas, aseguramos otras más, etcétera etcétera etcétera.” A esas alturas yo ya no sabía si me estaba hablando de su programa, del IBEX 35, de la armonía de las esferas o de las inconsútiles canéforas, así que ante la duda me saqué la chorra “¡Sí, sí y sí! ¡Esto, precisamente esto es lo que necesitamos en nuestro partido! ¡Gente con ganas, con animo, con resolución, con voluntad de cambiar las cosas! ¿No le interesaría a usted unirse a nuestro proyecto y hacer carrera en política? Cumplimente usté este formulario, si es tan amable”, a continuación me ofreció ella un cartapacio descomunal -un tochazo de no menos de quinientas paginas, así, a bulto-, y en este punto, claro, dudaba yo ya sobre si los cándidos candidatos me proponían todo aquello por interés sincero, por confianza en mis posibilidades, por rendida admiración o por ganas de hacerme trabajar, y yo que coño sé, el caso es que acepté como un pánfilo y me puse a cumplimentar.
De golpe, sin mediar tramite ni puente alguno, en uno de esos fogonazos surreales que caracterizan la lógica ilógica de los sueños, aparece mi menda lerenda en la siguiente escena apoyado en un atril -diáfano o transparente. Futurista- dirigiéndome con teatrales declamaciones a un concurrido auditorio, pintureramente engalanado con mi camisa hawaiana, mis chanclas hawaianas, un pantalón hawaiano y un collar hawaiano, y además (y destacadamente señalada por los focos, para más añadidura), ay, la chorra fuera.
En primerísima fila, con unos impertinentes binóculos, me examinaban unas señoronas con expresión de vicesecretarios que carraspeaban y carraspeaban y volvían a carraspear. Una de ellas -la menos agraciada; ya que me veo en trances políticos seré correcto- de pronto se sacó del canalillo un papel arrugado y mustio -casi tanto como el continente- y me indicó con un gesto que me acercase, lo hice, extendió el brazo y me entregó sus anteojos. Regresé al atril, me les coloqué -los anteojos, no el atril, que estaba atornillado al suelo y no había manera de quitarlo de ahí-, dirigí la mirada hacía el papelajo que la contribuyente desplegaba y vi que en él estaba anotado un numero de teléfono, un perfil de tuenti y el dibujo en carmín de unos labios.
Ahí me desperté.
¿Debería ir a votar, en conciencia, después de esta experiencia?
¿Sería conveniente que abandonase la costumbre de deglutir chorizo antes de acostarme?
¿Qué interpreto yo de todo esto, cojones, qué interpreto?

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.