lunes, 17 de septiembre de 2018

La carta de amor

A propósito de los tristemente célebres pufos cibernéticos, fruto de aprovechados, sablistas, jetas y demás clases de hijos e hijas de la gran puta, quería compartir aquí una experiencia personal, una vivencia, una muy triste historia que me tocó vivir en primera persona, pero casi superada ya. Es la historia de un amor imposible, de una relación condenada aún antes de echar a andar. Es la historia de dos amantes que, quizá, nunca existieron. Ahí va: Hace años me mandó un mail una princesa nubia contándome qué, debido a un golpe de estado en su país, del cual su señor padre era el regente (y magnánimo, al parecer) se encontraba en el exilio junto a la práctica totalidad de su augusta familia. Exhortaba a mi buen corazón, del qué al parecer tenía sobradas referencias -y eso que hacía semanas que me había comprado el ordenador y metido en internet, pero por lo visto tardé poco en hacerme querer- a enviarla una cantidad de dinero para poder retornar a su país, ya qué era inminente el derrocamiento del sanguinario usurpador. Ni que decir tiene que este desprendido gesto mío sería agradecido por mi princesa nubia. Ella, que además tener conocimiento de mi generosidad también estaba informada de mis atributos físicos y de mí incontestable belleza, y qué declaraba sentir por mí un no sé qué y un qué sé yo que yo qué sé -y eso que yo no tenía foto de facebook porque aún no tenía ni facebook- accedería encantada a casarse conmigo, con lo cual yo me convertiría inmediatamente en príncipe consorte de una prospera nación africana. Toma ya. El correo adjuntaba una fotografía, y tendríais que haber visto a mi princesa... No recuerdo ya su nombre, pero supongo que en su lengua debería querer decir algo así como La Tres Veces Guapa, porqué no era para menos... Un primor de mujer. Más hermosa que la propia hermosura. Bella hasta decir basta. Naturalmente, contesté a su carta, qué, aunque encubiertamente y con un terrible drama de por medio, no dejaba de ser una carta de amor. La dije que había logrado conmoverme, que me apenaba mucho su situación, y que me entristecía más allá de lo imaginable el saber que una joven como ella, a la que además de bella adivinaba sensible -por su delicadeza, por sus expresiones, por el insondable dolor que trasmitían todas y cada una de sus palabras- hubiera tenido que sufrir tamañas injusticias en su aún reciente existencia, la envié ánimo, desde luego, porque, como también la dije, me era imposible no empatizar con aquella tan trágica experiencia, y la comuniqué, además, la profunda impresión que había causado en mí aquella foto suya que adjuntaba, y no dudé tampoco en decirla como, cada vez que la miraba, lo cual era frecuente, me deshacía en suspiros... pero, además de todo esto, también la comuniqué algo más, y fue qué -como era comprensible, y ella, mi princesa, debería comprender, ya que todo indicaba a que íbamos a pasar el resto de nuestras vidas juntos, como feliz matrimonio entre nuestros felices súbditos- yo querría... querría no. Necesitaría. Yo necesitaría saber algo. Algo importante. Vital. Y la rogué, apelando a sus más puros sentimientos, que, por favor, su respuesta fuese sincera, desde lo más profundo de su noble corazón, pues de ella dependía nuestra futura felicidad... Me armé de valor, no sin antes pedirla que entendiese mi desasosiego, y lo hice; la pregunté: ¿PERO TÚ ADEMÁS LA CHUPAS.? Pues bien, han pasado siete años y todavía no me ha contestado, la hijadeputa.

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