jueves, 6 de diciembre de 2018

Force of Nature

Hay una calle en Benidorm, avenida Jaime I, larga como ella sola y que desemboca en la playa de Poniente, y ahí, justo frente al paseo marítimo, hay un bar de esos de toda la vida, sin propietarios de diseño y con camareros que cuando te ven entrar dos veces te sonríen, y una terraza en la que corre un airecito más rico que todas las cosas. Una tarde de verano de hace unos cuantos años estaba yo en esa terraza, tomando algo, fumándome unos cigarros, escuchando música con los auriculares e intentando evadirme hasta de mí mismo. No me apetecía ni bajar a la playa a darme un chapuzón (a mí, te lo querrás creer...) porque atravesaba una mala racha, capeando con unas preocupaciones y unos acontecimientos que me tenían emocionalmente en un brete y que no voy a detallar aquí y lo que quería esa tarde era eso: olvidarme de puñetas.
Sonaba en mi mp3 una canción, y otra, y otra más, y tampoco las prestaba especial atención, hasta que sonó una en particular.
Se dan momentos en la vida en los que parece que todo se reordena, que todo cobra un nuevo sentido, en los que esa telilla de grises y ocres que te nubla la visión se disipa como por encanto y te permite ver lo que también hay más allá y que en todo momento ha estado allí, pero que no te había dado la gana observarlo porque te es más cómodo ensimismarte en tu propio dolor o sobredimensionar molinos de viento a los que ves como amenazas inducido por el asco que en determinadas circunstancias todos podemos coger a todo; es como atravesar un vórtice energético o la vibración de una cuerda supersimétrica o el primer devaneo metafísico que en ese momento se te ocurra y salir de allí renovado, sonriendo y bien peinado.
Force of nature de mis bienamados Pearl Jam fue la canción, mi vortex particular. En cuanto sonaron las primeras notas comencé a sentirme bien, pero bien de cojones, ¿eh? Pasaban a mi lado familias y más familias con sillas, sombrillas y niños revoltosos camino de la playa, parejas ya de edad cogidos de unas manos que les tenían que estar sudando por la calorina pero que se veía que a ellos les daba lo mismo y a mí también. Existía una comunión perfecta entre lo que escuchaba y lo que tenía ahí, entre la calidez de la voz de Vedder y el sereno alborozo que percibía en derredor. Perfecta y analgésica. Miraba a la gente bañarse, jugar en el agua, saltar las olas... joder, me entraron hasta putas ganas de llorar. El islote de Benidorm justo frente a mí, ese mismo islote que tantas veces había visto cuando empezaban las españoladas y que nunca me había parecido tan bonito, y por encima de él, sobrevolándolo, alguien en un parapente de quién estoy seguro que no se sentía mejor que yo.

Siempre que escucho esta canción regreso a ese lugar y ese momento.

   


lunes, 3 de diciembre de 2018

Carta futurista

Cerca de diez años, sí. Hace cerca de diez años que un gobernante parecido a Mr Bean anunció que se empezaban a ver brotes verdes en esta crisis ya en edad de merecer, y cinco desde que su sucesor, un gallego aficionado al plasma, proclamase el fin de la recesión... No sé si esta fulgurante bonanza económica pronosticada (y cacareada) hace ya tantas lunas ha permitido al primero tomarse esos cafés cuyo precio desconoce y al segundo comprar un televisor en 3D para hacer acto de presencia en las reuniones parroquiales, pero lo que es a mí, un obrerete más del pueblo llano, me ha salvado la salud. A diez euros ya el paquete de tabaco y con mis inciertos ingresos no me puedo permitir el lujo de seguir fumando. Olvidaba a nuestra actual mandataria, doña Ana María Botella Serrano (el doña es solo requerido, que no justificado), secretaria general de esa broma macabra que han dado en llamar PPSOE, coalición de los dos grandes partidos mayoritarios que, ante su incapacidad para sacarnos de allí donde antes nos habían metido y su negativa a abandonar unos cargos que no les suponían carga alguna, mas bien al contrario, y a ganarse la vida honradamente, hará un par de años decidieron unir sus fuerzas y hacer de la ciudadanía causa común, esa misma ciudadanía que no puede creer que hagan lo que siempre han hecho. A pesar de todo, el cambio de gobierno respecto a los anteriores no ha sido sido sustancial..., yo apenas he notado la diferencia; se escuchaban voces que denunciaban que ahora, sin una oposición potente, podrían hacer lo que les diera la real gana... Creo que esas voces no consideraron que en los ejercicios anteriores los sucesivos gobiernos habían puesto el listón muy alto respecto a esos menesteres... Lo siento, me voy por las ramas..., es lo que tiene tener tanto tiempo libre entre trabajo y trabajo. Meses. A veces más. Hablaba de nuestros últimos presidentes y sus optimistas vaticinios y su nulidad para las artes adivinatorias y para todo lo que no sea el cantarle a la mañana; en la practica, y por lo que a mí respecta, en los últimos cinco años he firmado cuatro contratos (y tal y como esta el patio me ha venido Dios a ver): dos de seis meses, uno de ellos en una planta de envasado de miel de una nueva (y extinta) empresa creada en Valladolid en cuyas instalaciones no solo se explotaba a las abejas..., con aquello de la excusa de la crisis y el "apretemos todos el hombro... Esto es como una gran familia (excepto para los beneficios)..." consiguieron que trabajásemos tres meses sin ver un duro (perdón, un euro. Soy de otra quinta...), esperando que nos alimentara nuestro amor incondicional a la empresa..., amor que se fue al garete cuando unos cuantos obreros (no todos, claro) la pusimos los cuernos con la Inspección de Trabajo al denunciarla... Huelga comentar que, finalizado el contrato y en ese momento con menos deudas en su haber, incluso ampliando la plantilla por necesidades de producción, la renovación de contrato en su día prometida no se produjo. Por hijo díscolo, deduje. El otro contrato de seis meses fue como mozo de almacén. Lo de siempre en estos casos, (salvo que hace ya años que no soy mozo): Preparación de pedidos, carga y descarga de los mismos, prisas y mas prisas por necesidades de producción (siempre las "necesidades de producción", eufemismo guasón que enmascara con mucha desvergüenza el negrerismo de no pocos empresarios, esos mismos que mientras espera el camión y tú te das la jupa se rascan allá donde les pique con mucha parsimonia... Casualmente he observado que a todos les suele picar el mismo sitio...) A los consabidos seis meses y otra vez sin renovación saqué de allí en limpio seis nominas y un pinzamiento en una vertebra (en los impresos sobre prevención de riesgos laborales no se contemplan las prisas) cuyo tratamiento ahora no me cubre la Seguridad Social dados los hábiles recortes en sanidad ejecutados por políticos mas hábiles aún. Los otros dos restantes contratos fueron en la campaña de la fresa. Fin de obra, veinticinco días ó máximo un mes. Nada nuevo bajo el sol. Podrían haber sido mas (campañas, no días), pero ocurre que de bastantes años a esta parte en el campo hay un overbooking desmesurado, parecemos turistas, y un puesto allí, donde yo aún recuerdo de cuando no lo quería nadie, son hoy cuatro duros que en otra parte no te dan... El marido de la actual presidenta del gobierno, el angloparlante Aznar, nuestro primer damo y en su día también presidente (es raro encontrar en este país a alguien que no haya sido presidente) tenía cuando regía nuestros destinos una coletilla que usaba frecuentemente con mucha gracia y con mucho donaire, y que hoy se ha encargado de desempolvar, para regocijo de su señora y de sus palmeros y sus zascandiles: "¡España va bien!" Pues eso. Que mientras España vaya bien, que se jodan los españoles.