sábado, 28 de noviembre de 2020

Ese caprichoso momento

Ese caprichoso momento en que te tumbas en la cama, te colocas los auriculares, apagas la luz y te dispones a escuchar a Pink Floyd o a King Crimson o a Porcupine Tree o algo así, algo de música lisérgica que te haga evadirte, das al play, cierras los ojos, comienzan a sonar las notas y en un espacio indeterminado de tiempo ya tienes la impresión de estar flotando a un metro sobre ti mismo, te encuentras en un plano sensorial diferente, en un lugar tranquilo, sin preocupaciones ni virus ni debates parlamentarios ni ninguna de esas mierdas, la respiración se ralentiza, la tensión arterial desciende, el espíritu se apacigua, estás a medio camino entre la vigilia y el sueño, más feliz que un regaliz, pero ¡ay!, comienzas a sentir una ligera comezón en un costado, o en la cabeza, o en un huevo,y lo dejas pasar y no te rascas porque sabes que cualquier actividad podría desconcentrarte y romper el delicado trance, pero adviertes que sigue ahí, y que por momentos cobra intensidad; tranqui, nene, piensas muy bajito, con miedo a que el propio volumen de tu pensamiento o simplemente verbalizarlo te saque de ese nivel de conciencia, pero la ligera comezón en el costado (o en la cabeza, o en el huevo) ya se ha convertido en un incordiante picor... ya se pasará, ya se pasará, todo se pasa en esta puñetera vida... Los cojones. Ahora sí que pica. Diriges la mano velozmente al costado (o a la cabeza, o al huevo, a la sazón) para rascarte ya de una puta vez y ver si consigues regresar a ese estado de ensueño plácido-bucólico-pastoril y en el movimiento y con la mala hostia enganchas sin querer el cable de los auriculares y hale, ahí va a tomar pol culo el mp3.
Por ese caprichoso momento he pasado yo hace un momento (y no voy a decir lo que me picaba.)

 




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