lunes, 23 de marzo de 2020

23-3-2020

Cuaderno de bitácora. Décimo día de confinamiento.
Voy por nosecuántos episodios diarios de True Blood, vengan bollos tía María, y tampoco es que me flipe la serie ni mucho menos, pero es muy larga y el caso es combatir el tedio; vampiros, senadores, licántropos y demás gentes de mal vivir, y además está el tema de follar, que nunca me ha dado mucho asco, así que distrae, bien, pero después de tanta matraca me entra sueño, me amodorro, cabeceo, me voy quedando grogui y sin poder evitarlo entro en duermevela, doy un respingo, así como un susto, e intento fijar la atención en la pantalla pero he perdido el hilo argumental y ya no me entero de qué va la vaina, vuelven a cerrárseme los ojos cada vez con más frecuencia, en el interior de mis párpados y de un modo semialucinógeno se proyectan imágenes, retazos de vivencias, chispazos, secuencias, fractales, cosas, caigo como un lerele y me sobresalta el ruido de un recuerdo: soy yo mirando el atardecer desde una cama en el momento en que se cruza en mi campo de visión y se planta ante mí mi acompañante con la ropa necesaria para la ocasión, o sea, ninguna, me despabilo con esto, apago la tele, me incorporo mientras aún ronda por mi cabeza aquel eclipse de coño y dudo entre releer todo lo que tengo de Umbral o volver a dar el estacazo a mi colección de comics de Conan porque tampoco tengo yo muy claro cual es lo más adecuado para la ocasión, si profundidades o evasión, pincho a los Maiden, enciendo uno de los cigarros autorracionados y me pongo a escribir esto solo por eso, por no ver demasiado las noticias y por matar el tiempo, y si tú has llegado hasta aquí es porque compartes el mismo aburrimiento que yo, ¿o me equivoco?
Qué le vamos a hacer, colega, es lo que toca.
Salud.

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