domingo, 21 de junio de 2020

El chulo que castiga

Hay gente que, lo quieras o no, te fijas en ella. A mí me pasaba en Benidorm con un jambo que veía por allí, un tío de unos cincuenta y tantos, más chulo que un ocho, con el que coincidía noche sí y noche también en el mismo bar, pero es que era para verle al pollo: más bien bajito, recogidito, vestido a lo Corrupción en Miami como un Don Johnson de provincias, colorido todo él, despechugado, con las Rayban en lo alto de la cabeza engominada a las dos de la mañana y con la misma cara que el gato que se comió al canario. El tipo se echaba él solo unos bailes por allí que a mí me daban ganas de aplaudirle y por donde pasaba dejaba un tufo a colonia de antañazo que pá qué... estoy hasta por asegurar que era el hombre llamado Jacq's, aunque luego se llamaría Jacinto Calandrias o como quiera que se llamase, y cada vez que entraba en el local una guiri -porque a las guiris en la costa se las nota de lejos que son guiris, a ver si no- el tío esgrimía una sonrisa lobuna a la que solo la faltaba el destello en el colmillo. Nunca crucé una palabra con él pero se le veía simpaticón, siempre me saludaba con un gesto al verme e incluso alguna vez chocó su gintonic con mi cerveza -Larios, que me fijé en lo que le echaban- cuando pasaba a mi lado moviendo el esqueleto. Daba la impresión, en apariencia, de que era un playboy y un pichalegre y a mí me caía bien porque me suelen caer bien los chulos y los grandes folladores -y las chulas y las grandes folladoras mejor- y tampoco se metía con nadie, él iba a lo suyo y a los demás que nos diesen.
Una mañana de esas estaba un servidor tomando algo en una terraza al lado del paseo marítimo y una señora que se acercaba llamó mi atención porque llevaba un vestido que me recordaba a unas cortinas que tenía en mi habitación en los años setenta y nunca había vuelto yo a ver esas cortinas, y completaba el conjunto con una pamela enorme y descomunal a la que solo la faltaba una pluma de ganso de esas largas que van barriendo el suelo tras el portador/a; la mujer, alta, fuerte, rubia y con bigote de revisor iba del brazo de un hombre algo más joven y bastante más bajo que ella, vestido de turista al uso, encorvado, pesaroso y con cara de suicida, me fijo un poco más en él según se aproximan y toma ya "¡Coño! ¡Pero si es Chulolópez!" Ahí le tenía de nuevo diez horas después de haberle visto por última vez en el Heartbreak dándolo todo. Pasaron frente a mí, él me vio, no hizo ningún ademán de saludarme ni a mí me importó pero me quedó una sensación extraña, algo así como de haber presenciado la transformación de Jekyll en Hyde, solo que en esta ocasión fue de latinlover a viajante de calcetines o algo así... incluso, cuando ya se alejaban paseo abajo, seguí observándole y ahí ya no quedaba del pollopera ni el donaire ni el trotecillo cochinero con que bailaba ni ná de ná; renqueaba, se detenía ajigolao y arrastraba las sandalias como si le acabase de dar un desprendimiento de testículo o vaya usté a saber.
No le volví a ver por la noche al jodío, y me dio cosilla, oye.

¿Y a ton de qué nos cuentas esto a estas horas, criaturita? me diréis. Pues porque me aburro, joder, porque me aburro.

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