Hablaba un día del significado de los bailes lentos para los adolescentes de mi generación y hoy vuelvo a dar la tabarra con lo mismo, pá que os jodáis.
En Coliseo, la discoteca de entonces en mi pueblo, antes de comenzar los lentos, los agarraos, el restregón o como quisieras llamarle, hablo del 87-88 o por ahí, sonaban yo qué sé, Rick Astley, Dire Straits o quienes fueran, pero de pronto, así como al final de la canción, bajaba significativamente el volumen de ésta, la iluminación se tornaba azul y débil, la sala aparentaba haber caído bajo un pulso electromagnético y esa era la señal: Mozos, firmes y tomando posiciones, ar. Con más fe que esperanza, porque en esos lances aún no estábamos desasnados, nos acercábamos como al descuido a la chavala aquella que nos enamoraba, carraspeábamos, poníamos voz de gilipollas y la pedíamos bailar.
- Vale.
Hala, ya teníamos el cielo abierto, ya estábamos avasallados de expectativas, sentimientos, suspiros y esas cosas, ya pensábamos que lo teníamos todo hecho. Tururú. Comenzaba la función, mis manos en tu cintura, como cantaba Adamo, ay, que me pisas, nos decía ella casi siempre, durante la pieza iba y venía alguna que otra confidencia, así, bien agarraditos, ella con la cabeza recostada suavemente en nuestro hombro, nosotros luchando por disimular un empalme escandaloso y prometiéndonoslas muy felices, se acababa la sesión y -salvo celebradísimas excepciones- se acabó lo que se daba; ella nos sonreía y volvía con su grupo de amigas y nosotros la devolvíamos una sonrisa amarga y volvíamos a la barra a por otro dobleuve y a sangrarle un cigarro a los mayores de edad, donde no faltaba el observador que te cazaba.
- Vas como encogido tú... ¿qué ocultas, granuja?
- Vete a tomar por el culo.
Y con todo y con eso no eran malos tiempos, oye.
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