Voy al cuarto de baño, me desvisto, entro en la cabina de hidromasaje con intención de darme una de esas duchas de agua fría a las que forzosamente me he habituado desde el confinamiento -cosas mías, ejem...-, regulo un poco la temperatura del agua para no congelarme, desvío la posición a "hidromasaje dorsal" y me siento a recibir uno. Sentado plácidamente me hallo, con esa expresión de estar pecando contra el Sexto que ponemos cuando disfrutamos de un masaje fresquito en la espalda cuando algo pasa ante mis ojos, ¡¿queseso?!, levanto la cabeza y ahí lo tengo, posado en la mampara: un mosquito del tamaño de un faisán. Pues tienes aquí anatomía para dar y regalar, te vas a cebar, hijoputa, le digo. Pillo el telefonillo este de la ducha, cambio el agua ahí y le enchufo, pero el caracabrón se libra y comienza a revolotear frenéticamente por toda la cabina, aproximándose peligrosamente a mí en ocasiones, yo sigo sentado, intentando acertarle con el agua y pensando en la pinta de imbécil que tengo que tener jugando a dartañán en pelotas con un mosquito, ven aquí, que te he de matar y todo eso... como veo que así no consigo nada aparte de hacer el pijo corto el agua y me dispongo a darle el aplauso de toda la vida de Dios y que tan buenos resultados ha dado siempre con estos asquerosos, me levanto rápidamente hacia él con las manos por delante sin pensar antes en donde me encuentro y el hostión que me he arreado en la cabeza con el puto borde del panel del asiento se cuenta y no se cree.
Descalabrado sin salir de casa. Bien. Un nuevo hito en mi carrera.
Y menos mal que al salir de la ducha agarrándome la cabeza no me ha picao en el culo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.