Al doblar la esquina el viento me daba de cara, y para encender un cigarro me tuve que proteger haciendo brigada con el hueco de la mano y girarme hacia el local que tenía a mi derecha, una tienda de barrio de las de siempre, la tradicional tienda de ultramarinos de toda la vida, y ahí, mirando a través del escaparate mientras fumaba y observando productos, ofertas y tal, captó mi atención la cordialidad en el trato que se intuía entre una pareja de edad y el vendedor y comencé a pensar en la disparidad y los contrastes entre la deshumanizante asepsia de las grandes superficies y la calidez de sitios como aquel: un colmado añejo, acogedor, fresco y con moscas (cuando haylas) y, preso de un brote nostálgico, me dije "cuando acabes el cigarro entras a echar un ojo, Felisín, ¿o tienes algo mejor que hacer a estas horas?", y eso hice.
El sonido de la campanilla sobre la puerta al entrar ya me hizo sonreír, como que me puso buen cuerpo, sonaba a inocencia y a niñez. Un piso de baldosas jaspeadas, con solera de tantos miles de pasos en ellas, me condujo a través de anaqueles atiborrados de género, de todos los géneros, pero no metálicos -los estantes- ni aglomerados ni de madera de saldo: de madera de madera, de la que suda y huele a hombre bueno. Latas de unos pájaros en escabeche o no sé en qué que no me voy a comer nunca porque yo no como pájaros justo al lado de otras de comida para perros y coexistiendo en armonía, sacos abiertos de legumbres, cecinas, cazuelas de barro con toda clase de encurtidos, pimentón, café, vinos, bicarbonatos, quesos apilados, montones de quesos, que solo de verlos me daban ganas hasta de bailar y de frotarme con ellos la espalda como los osos, con los brazos levantados y sonrisa de bobalicón, una romana ennegrecida y lustrosa, una báscula de toda la vida de Dios, blanca, mecánica, reluciente, con su flecha larga y tiritona indicando el peso y su bandeja que hace extraños si está mal encajada, una caja registradora clásica, con sus números en ruleta, sus teclas sobresaliendo demasiado de la carcasa, su manivela a un lado y su ruido de ametralladora, estampitas de santos desperdigadas cuidadosamente, un calendario del Sagrado Corazón y toda esa imaginería que, por alguna razón que nunca identifico, me reconforta, crea yo en ello o no, quizá porque con el tiempo va uno presintiendo que la blasfemia ya no es revolucionaria sino todo lo contrario -ahora blasfema hasta el tonto-, y al fondo, tras el mostrador, colgando del techo una fila de bacalaos en salazón que impregnaban el aire de olor a caliqueño, a pasado, a algas y a sencillez; solo faltaban una muñeca huérfana de niña olvidada sobre un taburete en un rincón, un gato vagorro y de mirada intranquila, un cartel semiescondido de propaganda electoral con la cara de Suarez o algún otro de su quinta, rubio americano en cajetilla blanda y deslucida, phoskitos con cromos de Orzowei y ya , por pedir, un tendero peinado como Manolo Escobar que canturrease despreocupado, aunque me hubiese conformado con un par de trampas para ratones en el suelo y un leve olor a Raid para hacer de aquel un lugar perfecto; resumiendo: un instante deliciosamente anacrónico, solo interrumpido por la entrada de dos criajos que parloteaban entre ellos de todo lo que iban a follar el finde -chivar, decían-, pidieron dos Monster de esos y como no estaban bien fríos con las mismas que llegaron se largaron; una vez fuera los jodedorcillos retomo al momento, entrecierro un poco los ojos, y todo ese festival de olores me alejan de la mezquindad del presente y me retrotraen a mi infancia, cuando mi abuela me mandaba a algún recado, una longaniza en cá Totó, una botella de gaseosa donde la Tila, toma veinte duros Felisín y la vuelta para ti y ten cuidado al cruzar, entre vecinas que me pellizcaban un carrillo y Las Grecas sonando en un transistor -la aromaterapia me funciona a mí mejor con olor a queso o con cualquier otro que tenga fijado en la memoria que con lavandas o cardamomos o tufos pijos-, aquellos tiempos en los que era tan ignorante que quería hacerme mayor, así que, con una sonrisa cuasibeatífica, me dirijo al mostrador y en seguida se aproxima el dueño o dependiente, lo que sea, sonriente a su vez, con una sonrisa bonachona de esas de antes y mandil gris, pero al que, ay, le falta el lapicero en la oreja y el papel de estraza sobre el tablero con que envolver el embutido rebosante de cuentas echadas. Como por reflejo desvío la vista al suelo y hago un barrido rápido con la esperanza de encontrarlo y decirle "jefe, ahí tiene el lápiz, se le ha caído" o agacharme yo a por él si está a mi alcance, pero no, no lo veo.
- Buenas. ¿Queso curado de oveja tiene, no?
- Claro.
- ¿Y semicurado?
- También.
- Me ponga cuarto de cada entonces.
Si me llega a preguntar que si le voy a pagar en metálico o con tarjeta el queso se lo come él.
Pd: En realidad esta tienda no sé si existe aquí, casi todo es ficción, salvo la parte en la que rememoro a mi abuela y poco más, pero está como de llover, me apetecía escribir y cualquier excusa es buena.
Ah, si la tienda existe y alguien la conoce me decís por donde cae.

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